¿Y qué es la tristeza para ti?

Una de las mejores reflexiones sobre el concepto de tristeza que he tenido el gusto de escuchar. Porque se visualiza como una amiga, una vieja y adorable amiga a la que hay que escuchar. Tan sabia que nos conoce mucho más que nosotros mismos.

“¿Estás triste?´, fue lo que me preguntó uno de mis mejores amigos, un día de esos en los que no hay sonrisas ni fiestas que esconda lo que grita la mirada.
Como si estuviera esperando que alguien sincero me hiciera esa pregunta, no tardé en decir: ´Sí negrito, estoy triste´.

Era de esperar un: ¿Por qué?. Pero él soltó una pregunta de las que me gustan, de esas que no se responden en automático ni con conceptos de diccionario. Me preguntó: ´¿Y qué es la tristeza para ti?´

Y yo respondí, no sé de dónde ni porqué: ´La tristeza es una ancianita vestida de azul´.

Y me detuve a mirar aquella imagen. De pronto, como si la tristeza hubiera perdido todas las armas que yo tenía en mi cabeza, como si el amor la hubiera transformado de demonio a ángel en tan solo 8 palabras, el embrujo que provocó aquella imagen me invitaba a ver por primera vez a mi tristeza como alguien noble, paciente, amorosa y sabia. Y por supuesto que quise escucharla.

´Este no es el fin. Hay una flor naciendo en algún lugar. Te estás haciendo mejor. Recuerda aquella tarde. No todo fue malo, también hay mucho que agradecer. Abrázame. Quien ama nunca pierde. Vamos por un café.
Agradecer es lo que hace que lo simple se vuelva extraordinario. No hay prisa, hijo. Volverán las ganas de bailar, de viajar, volverás a ser tú.´

¡Cuánta sabiduría trae entre sus arrugas! Aquella ancianita no vino a castigarme, vino a enseñarme. Viene vestida de azul porque toda tristeza se viste de esperanza. En algún lugar de la herida está naciendo una flor. Nos peleamos por mantenerla encerrada en un asilo de emociones, dónde seamos nosotros quienes decidan cuándo visitarla y no al revés. Dónde nadie la vea, dónde nadie la escuche.

Pero desde ese día, mis días tristes sólo son una invitación a mirarla tejiendo la vida con hilos que nacieron del dolor y abrigarme de orgullo por los sueños caminados. Me invita a que me beba el té de la vida sorbo a sorbo, para no quemarme pero no tan lento como para que se enfríen mis ganas de volver a creer. La veo serena y tranquila mirando la ventana, sabiendo que ya casi es hora de partir.

¡Qué suerte que decidí escucharla! ¡Qué dicha la mía que aprendí a amarla, que quise peinarle los recuerdos, besarle las manos, sacarle a pasear, dejar que alguno de mis amigos la conociera y hablara con ella y tomarme una foto a su lado!

Porque tengo el presentimiento de que mi tristeza está a punto de morir.»

Eduardo Olarte

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