Y entonces te das cuenta

Un día, te miras y entiendes que eres altamente sensible, una persona que siente y piensa con una profundidad inusual, y que la empatía te desborda. Es en ese instante cuando las piezas de tu vida, tan extrañas, comienzan a encajar.

De pronto, todo tiene sentido. comienzas a entender por qué esos ruidos fuertes te sobresaltan el alma, o por qué las luces intensas te aturden hasta el cansancio. Comprendes esa sensación de asfixia que te invade en los lugares repletos de gente, y esa fuerte necesidad de escapar y respirar.

Y no es que «estés mal» o que seas «demasiado sensible» como te decían. Simplemente es que tu sistema nervioso funciona de manera diferente, captando cada matiz y cada mínima vibración del mundo que te rodea.

Y es fascinante, porque esta profunda sensibilidad no solo te expone a la sobrecarga, sino que también te regala una capacidad inmensa para emocionarte con la belleza más sutil, para conectar de verdad con el dolor ajeno y para percibir detalles que a otros les pasan desapercibidos. Es una forma de vivir el mundo con una intensidad asombrosa, con sus desafíos, sin duda, pero también con una riqueza que pocos llegan a experimentar.

Y, a pesar de que aún tienes la sensación de que no perteneces a este mundo, comprendes que sólo debes avanzar, de a poquitos y a tu propio ritmo.

Que sólo queda escucharte, igual que escuchas a los demás. Atenderte como lo haces con los que te necesitan. De la misma manera que lo haces con los demás. Y no es egoísmo. Es que por fin lo entiendes.

Y comprendes que no estás rota. Que durante toda tu vida no te has dado la oportunidad de ser tú realmente.

De vivir.

Y entonces aprendes a respirar.

 

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