Las personas altamente sensibles suelen tener una gran intuición.

No porque sean “mágicas”, sino porque, en algún momento,
les tocó aprender a leer las sensaciones que el entorno les generaba.
Miradas, silencios, pequeños cambios, tensiones.
Y el problema no es captar el clima ni las intenciones de los demás.
El problema es qué haces con eso.
Porque cuando ves demasiado,
te puede entrar la tentación de decirlo todo.
De interpretar rápido.
De soltar “la verdad” sin que nadie la haya pedido.
Y una palabra a destiempo, incluso con buena intención,
puede sentirse como una invasión.
Aprender a callar, bien aprendido,
es profundamente liberador.
Porque callar no es perder la voz. Es reubicarla.
Es elegir dónde sí, con quién sí y cuándo sí.
Es empezar a hablar en lugares donde hay escucha real y
responsabilidad compartida. No en cualquier espacio.
Y callar no es reprimirse. Reprimirse es hacerte pequeño por miedo.
Es quedarte sin opción. Es no darte permiso para decir nada.
Y cuando te reprimes en un vínculo, terminas apagándote en todos.
Se te nubla el deseo, te desconectas de lo que quieres, de lo que necesitas.
Parece una tontería, pero no lo es.
En cambio, el arte de callar es otra cosa.
Es regulación, elección y límite.
Es saber “esto lo pienso, pero no lo digo aquí”.
Es entender que no todo lo que percibes necesita ser nombrado.
Y algo clave: devolverle al otro la responsabilidad que no es tuya.
Desde fuera, callar y reprimirse pueden parecer lo mismo.
Pero son opuestos. Uno ordena y libera.
El otro apaga y encierra.
A veces el mayor cuidado no es hablar mejor.
Es saber callar a tiempo.
Y quedarte contigo.
Inspirado en palabras de Maximiliano McCoubrey
Porque a veces lo más valiente no es decir “la verdad”.
Es sostenerla hasta que tenga un lugar digno.
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