Un rayo de sol

Francisco no escribió su «Cántico del Hermano Sol» en un día de sol, cuando todo iba bien.

Lo escribió en la peor noche de su vida. Estaba casi ciego, no veía la luz del sol que tanto amaba.

El dolor le mordía los huesos y no le dejaba dormir.

Y para colmo, los ratones correteaban a su alrededor en aquella celda fría, atormentándole.

En ese lugar, cualquier otro habría maldecido.

Se habría quejado. Habría preguntado por qué. Francisco eligió cantar.

No una canción triste.

Un cántico de alabanza.

Al sol que ya casi no veía.

A la luna que le alumbraba en vela.

Al viento que enfriaba sus huesos. Al agua que calmaría su sed.

Al fuego que le daba algo de calor. Y hasta a la muerte, a esa hermana que sabía que pronto vendría a buscarlo.

No cantó a pesar del dolor. Cantó desde el dolor. No esperó a que pasara la tormenta para dar gracias.

Dio gracias en mitad de la tormenta. Ese es el rayo de sol más grande que jamás haya alumbrado.

Una luz que no vino de fuera. Nació dentro de él. Y sigue brillando, ochocientos años después, para quien quiera escucharla.

 

Hubo una vez un lobo feroz que aterrorizaba la ciudad de Gubbio, en Italia.

Devoraba animales y personas. Nadie se atrevía a salir de la ciudad. Los habitantes iban armados como si fueran a la guerra.

Francisco, movido a compasión, salió a buscar al lobo. Sus compañeros vacilaron. Él siguió.

Cuando la fiera se le acercó con las fauces abiertas, Francisco hizo la señal de la cruz y le dijo:

«Ven aquí, hermano lobo. Te mando, de parte de Cristo, que no hagas daño ni a mí ni a nadie».

El lobo cerró la boca, se acercó mansamente y se echó a sus pies.

Francisco le habló: reconoció el daño que había causado, pero también entendió que el lobo lo hacía por hambre.

Negoció la paz: los habitantes le darían comida, y el lobo no haría más daño.

Para sellar el pacto, el lobo levantó la pata y la puso sobre la mano de Francisco.

El lobo vivió dos años en Gubbio, entrando mansamente en las casas de puerta en puerta.

Nadie le temía. Los perros no le ladraban. Y la gente, al verlo, recordaba la virtud y la santidad de Francisco.

Eso es convertir un millón de sombras en un rayo de sol. No combatir la furia con más furia.

Disolverla con ternura. Con palabra. Con pacto. Con amor.

«Un solo rayo de sol es suficiente para borrar un millón de sombras».
Francisco de Asís (1181-1226)

No gastes energía luchando contra lo malo.

Úsala para crear algo bueno.

No necesitas eliminar toda la oscuridad del mundo, ni resolverlo todo, ni ser perfecto.

Basta con encender una sola luz.
Una palabra amable en el momento exacto.
Una sonrisa que nadie esperaba.
Un gesto pequeño que llega cuando todo pesa.
Una mano que se tiende sin pedir nada a cambio.

Ese es el «rayo de sol».
No hace falta que sea grande.
Sólo tiene que ser real.

El bien tiene más poder de lo que creemos.
Un insulto puede doler, pero una palabra de amor, en el momento justo,

puede sanar años de tristeza.

Y lo mejor es que tú puedes ser ese rayo para alguien hoy.
Sin saberlo.
Sin proponértelo.
Simplemente siendo tú, con toda tu luz, aunque a veces no la veas.
Incluso en tus días más grises.

Las sombras no desaparecen porque las combatamos.
Desaparecen porque alguien decide encender algo.

 

Una sola llama, en el momento y el lugar donde más se necesita, lo cambia todo.

También en nosotros mismos.

Porque cuando uno lucha contra algo, se llena de eso que combate.

Y cuando uno crea algo bueno, se llena de lo que construye.

 

 

Encender nuestra propia lámpara no es para cambiar el mundo entero,

sino para recordar el camino de vuelta a casa cuando todo lo demás se vuelve oscuro.

Cuidar nuestra luz también es un acto de valentía.

 

Ilustración: «No me cuentes un cuento».

 

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