“De pronto, un día vemos evidente que existimos,
y luego no volvemos a pensar en ello hasta que estamos a punto de abandonar este mundo.”
Jostein Gaarder

Vivimos años como si estar aquí fuera lo normal, lo garantizado, lo permanente. Y no lo es.
A veces, hay un momento extraño en el que te das cuenta de que “soy yo”.
No el cuerpo. No el nombre. Yo.
Y esa revelación es casi desconcertante.
Después vienen las obligaciones, los estudios, el trabajo, las facturas, las relaciones,
y esa sensación de estar aquí se va apagando.
Hasta que algo la despierta otra vez.
A veces la muerte cercana.
A veces el dolor. A veces el silencio.
Y entonces ocurre algo curioso.
En vez de sentirlo, intentamos entenderlo.
La inteligencia analiza, piensa, busca causas y soluciones. Quiere ordenar.
Poner nombre. Encontrar el porqué exacto. Tener un plan.
Pero la vida se siente. Pasa por el cuerpo, por el tiempo, por lo que no puedes controlar del todo.
En ocasiones, hay algo que no se desata con ideas.
Se desata con presencia.
Puedes comprender perfectamente lo que te pasa y seguir sin saber qué hacer con eso.
Porque comprender no siempre cura.
Lo que cura, muchas veces, es lo simple y valiente:
hablar, descansar, poner límites, llorar, moverte, elegir.
Aunque no tengas todas las piezas del puzle.
La inteligencia te sirve para gestionar el mundo.
Pero para habitarlo, necesitas estar dentro.
Sin huir a la mente cada vez que algo duele.
Recordar que existes, que no es eterno, lo cambia todo.
Eliges distinto. Amas distinto. Cantas distinto. Publicas distinto.
La mayoría vive como si fuera a tener otra vida después de esta para corregir decisiones.
Si la hay, no lo sé. Pero esta la tenemos.
Y conviene vivirla con lucidez.
La vida no se domina. Se acompaña. Se respira.
Y cuando aprendes eso, dejas de vivir como un problema que resolver y
empiezas a vivir como un lugar al que volver.
A veces confundimos comprender con vivir.
Puedes tener el mapa perfecto de lo que te pasa y seguir igual de lejos de ti.
Porque la claridad mental no sustituye a un gesto real:
dormir bien una semana, decir “no”, pedir ayuda,
salir a caminar aunque no te apetezca, apagar el móvil a tiempo.
La presencia no es una idea bonita. Es no abandonarte.
Implica responsabilidad. Es lo que te devuelve a casa.
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