Tal día como hoy, 11 de agosto del 2014…

Murió Robin Williams.

Un golpe muy duro. Era una de esas personas que parecen traer alegría siempre a los demás, sin pensar en ellos.

Al final resultó que también estaba lidiando con una depresión muy profunda y la enfermedad de cuerpos de Lewy.

Su muerte dejó un hueco enorme, no sólo en el cine y la comedia, sino en cómo tratamos la salud mental.

La enfermedad de cuerpos de Lewy (o demencia con cuerpos de Lewy) es una enfermedad neurodegenerativa progresiva que, de forma muy sencilla, es como una mezcla entre el Alzheimer y el Parkinson… pero con personalidad propia. Causada por depósitos anormales de proteínas llamadas “cuerpos de Lewy” dentro de las neuronas. Estas proteínas alteran la comunicación entre las células nerviosas y provocan que mueran, afectando sobre todo a zonas del cerebro que controlan la cognición, el movimiento y el comportamiento, y por tanto, a todas las funciones cerebrales que nos permiten interactuar con nuestro entorno de manera consciente.

Robin fue diagnosticado erróneamente con depresión y Parkinson, pero solo la autopsia reveló que tenía cuerpos de Lewy muy extendidos. En su caso, la enfermedad avanzó muy rápido: en menos de un año tuvo síntomas graves de paranoia, ansiedad extrema, insomnio y alucinaciones. Esa confusión y el impacto mental que provoca la enfermedad contribuyeron a su sufrimiento.

Tenía la maravillosa capacidad de pasar de la comedia más disparatada (Mrs. Doubtfire, Good Morning, Vietnam) a papeles dramáticos que te rompían (El club de los poetas muertos o El indomable Will Hunting).

En Aladdin (1992), como el Genio, gran parte del diálogo fue improvisado. Disney tuvo que cambiar el guión para adaptarse a su torrente creativo.

Combinaba rapidez mental, humor físico y una voz camaleónica. Su estilo de improvisación influyó en muchos comediantes y dobladores.

Visitaba hospitales de niños sin anunciarlo, se disfrazaba para animarles, o llamaba por teléfono haciéndose pasar por personajes. Ayudaba a amigos en apuros, muchas veces sin que se supiera públicamente. Pese a ganar un Óscar, Globos de Oro y mil premios, nunca perdió la capacidad de reírse de sí mismo.

Inspiró a varias generaciones a “aprovechar el día” (carpe diem) y a ver la vida con más empatía.

Normalizó que un actor de comedia pudiera también brillar en el drama.

«No importa lo que la gente te diga, las palabras y las ideas pueden cambiar el mundo.»
John Keating, El club de los poetas muertos (1989)

Que esté donde esté, le llegue de vuelta todo el amor y alegría que supo dar a los demás.

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Algunas imágenes interiores del cuento «El abrazo de la luna»:

    

Los dos siguientes cuentos de la colección

 

Sobre el miedo al colegio, a partir de 3 años, y sobre el miedo a la muerte, a partir de 8 años.

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