“Bailé para no morir. Pero aprendí que sobrevivir no es lo mismo que vivir.” (Edith Eva Eger)

Nació en 1927, en Hungría. Con sólo 16 años la deportaron a Auschwitz con su familia. Tenía razones de sobra para odiar. Vio morir a su madre en una cámara de gas. Esa noche, el doctor Josef Mengele, “el Ángel de la Muerte”, la vio y le ordenó: “Baila.”

Y ella bailó «El Danubio azul», con el estómago vacío y el corazón encogido, para seguir viva. Le dieron un pedazo de pan, y lo compartió con otras prisioneras.
Pasó años preguntándose por qué ella sí, y tantos otros no.

Y cuando el mundo se le derrumbó, solo le quedó una frase: “Nadie puede arrebatarte lo que tienes en la mente.”

Salió del campo de concentración un año después, al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Pero su salida no fue rápida ni sencilla: sobrevivió gracias a su mente, su hermana Magda y el azar. Fue liberada justo a tiempo, horas antes de morir de hambre o de tifus.

Emigró y estudió psicología. Y descubrió que el rencor, la culpa y el miedo no estaban fuera: eran cadenas invisibles dentro de ella.
La verdadera prisión no era Auschwitz. Estaba en su mente.

Y entendió algo que cambió su vida. Perdonar no tiene que ver con el otro. Es dejar de ser su rehén.
Perdonar no borra el pasado, pero abre la puerta al futuro.
Es mirar el horror de frente y decidir que ya no te define. Que ya no te condiciona más.
Que eliges vivir, aunque duela.
Que eliges la paz, aunque nadie te la dé. La tomas tú.

Hoy, con casi 98 años, Edith sigue hablando del poder que todos llevamos dentro: la capacidad de elegir nuestra respuesta, aunque no hayamos elegido lo que nos ocurrió.

“Sufrir es universal”, dice. “Ser víctima es una decisión.”

Su historia nos recuerda que el cuerpo puede ser encarcelado, pero la mente siempre puede ser libre.

Durante su cautiverio en Auschwitz, su madre le dijo algo que marcaría toda su vida: “Nadie puede quitarte lo que pones en tu mente.”
Fue su forma de decirle que, aunque podían quitarles todo: la libertad, la ropa, la dignidad, incluso la familia, nadie podía controlar sus pensamientos ni su espíritu.

Edith repite esa idea a lo largo de su libro «La bailarina de Auschwitz», como una lección central. La mente puede ser prisión o refugio, y en ella está la verdadera libertad.
“Podían hacerme bailar para ellos, podían obligarme a vivir entre la muerte,
pero no podían tocar mi mente. Allí seguía siendo libre.”

No conocía su historia pero me ha impactado, realmente. Gran mujer y gran maestra.
Porque quizás todos tenemos algo que perdonar, incluso a nosotros mismos.
Y como Edith, podemos elegir vivir, aunque a veces duela.

Ilustración perteneciente al cuento «No me cuentes un cuento».

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Algunas imágenes interiores del cuento «El abrazo de la luna»:

    

Los dos siguientes cuentos de la colección

 

Sobre el miedo al colegio, a partir de 3 años, y sobre el miedo a la muerte, a partir de 8 años.

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