Yo era eso que llaman “ratón de biblioteca”.

O, como algunas personas dicen, un poco burlonamente: “Sólo sabía estar entre libros”.
Y aún lo sigo siendo cuando el tiempo y la vida me dan un respiro.
Pero no era el “ratón” típico. Iba siempre con un libro bajo el brazo, un cuaderno de dibujo y un lápiz detrás de la oreja,
como si en cualquier momento fuera a pasar algo interesante. No quería perderme nada.
Me gustaba leer libros de aventuras, de suspense, de misterio. Incluso de terror, aunque luego, claro,
acababa bajo las sábanas, tapada hasta los ojos, porque había que dejar un agujerito por aquello del “por si acaso”.
Me encantaba leer, visitar mundos fantásticos, investigar, aprender.
Cada libro era como una puerta secreta. A veces te llevaba a un castillo oscuro, otras a una casa encantada
y otras a una escuela de magia donde, por supuesto, yo me sentaba en primera fila.
Mientras algunos se sabían de memoria alineaciones de fútbol o todos los chistes del recreo,
yo me sabía nombres de personajes, lugares imposibles y finales sorprendentes.
También me sabía de memoria letras de canciones y coleccionaba cromos, claro.
Pero mis canciones me llevaban lejos.
Y mis “cromos” favoritos eran las historias.
Esas que no se pegan en un álbum, porque se acaban estropeando.
Se quedan pegadas en la memoria.
Porque, en el fondo, no era sólo cuestión de libros.
También era cuestión de refugios.
Los demás jugaban en el patio. Yo construía mundos. Mundos donde la curiosidad mandaba,
donde entender era más fácil que encajar y donde siempre podía volver a empezar la página si algo no salía bien.
En el cuaderno no sólo dibujaba caras o animales. Hacía una especie de mapa. Convertía los días en escenas,
en bocetos, en ideas sueltas. Lo que no sabía decir en voz alta encontraba su manera de asomarse en el papel.
El lápiz detrás de la oreja no era sólo un gesto simpático.
Era una pequeña señal de que siempre había algo por imaginar.
Y sí, leía terror. Y luego dormía con un ojo un poco más abierto. Pero quizá también por eso aprendí pronto que los miedos,
cuando los miras de frente, dejan de ser tan enormes y tan fieros, aunque al principio cueste.
Supongo que mucho de lo que hago hoy nació ahí.
En esa niña que leía, dibujaba, observaba y encontraba refugio en las historias.
Sigo siendo “ratón de biblioteca”.
Sólo que ahora, además de leer mundos, también intento crearlos y compartirlos.
Ilustración perteneciente al cuento «El abrazo de la luna».
Dicen que los lugares donde nos sentíamos a salvo de pequeños dejan pistas de lo que somos hoy.
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