En cualquier lugar, en cualquier momento y en cualquier profesión puedes encontrar personas con poca empatía.

Últimamente se escucha mucho la frase: “Si una persona se está ahogando, no necesita que le enseñes a nadar”. Y es verdad, pero sólo a medias.

Si alguien se está ahogando, no le das una «lección de vida», no le explicas teoría, no le pides que “ponga de su parte” o que «si pierde el conocimiento, entre brazada y brazada, es porque ella lo permite».

Primero, la sacas del agua, la secas con mucha ternura, le das calor, le acercas una bebida calentita para que se quite el frío que lleva por dentro.
La sostienes, la ayudas a respirar, le das un lugar seguro.

Pero si después de salvarla nunca le enseñas a nadar, la condenas a depender siempre de que haya alguien cerca para rescatarla.

Con la empatía pasa algo parecido.
Hay quien sólo sabe “dar lecciones” y hablar desde la distancia. Te corrige, te juzga y te dice lo que deberías estar haciendo mejor. Justo cuando estás con el agua al cuello.
Luego existe el extremo contrario. Hay quien abraza, consuela y rescata siempre, pero no te ayuda a desarrollar recursos para sostenerte por ti mismo.

La verdadera empatía primero ve la urgencia, acompaña y sostiene. Luego te muestra opciones, te enseña, te devuelve responsabilidad y te invita a aprender a “nadar” a tu manera. Paso a paso y de la mano, como funcionan los aprendizajes cuando se hacen por primera vez.

Sólo diré que ella es una bellísima mujercita, por dentro y por fuera.
Llenita de miedos. Miedo a no hacerlo bien, a no entender por qué su cuerpo cae al suelo sin previo aviso, por qué pierde el conocimiento de la nada, por qué su vida es el refugio del estrés.

Y los que deben ayudarle no la creen y dicen que se lo inventa. Y ella jura y perjura que no. Le dicen que su cabeza está «pasada de rosca con demasiadas cosas», y eso sólo le hace sentir que no vale, que no puede, que no es capaz.
Pero yo la creo, ¡no sabe cuánto la creo!

Ojalá todos aprendamos de una vez. Porque no se trata sólo de salvar a la gente de sus mareas, ni de que nos salven de las nuestras, sino de aprender a sostenernos, a dejarnos sostener y a sostener cuando es el momento.

Se trata de que, algún día, podamos cruzar nuestros propios océanos sin hundirnos.


Ilustración perteneciente al cuento «Sueños mágicos».

Cuando alguien se está ahogando, no necesita que le expliquen por qué se hunde, sino una mano que sostenga.
Ya habrá tiempo después para aprender a “nadar” juntas.

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Algunas imágenes interiores del cuento «El abrazo de la luna»:

    

Otros cuentos de la colección

 

Sobre el miedo al colegio, a partir de 3 años, y sobre el miedo a la muerte, a partir de 8 años.

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This was a practice for the lights and textures, i was not trying to recreate the exact picture nor person

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