Para entender la vida no se necesita universidad.

Tan solo se necesita vida. Porque no se trata de inteligencia.
Se trata de algo más raro y más valioso.
La capacidad de ver claro en medio del ruido. De saber qué importa.
De no perderse en el decorado.
Y eso no lo da ningún título.
Lo da haber amado de verdad.
Haber perdido algo.
Haber cuidado a alguien.
Haber fallado y vuelto a levantarse.
Hemos construido una sociedad que premia lo complicado.
Cuanto más difícil de entender, más serio parece que es.
Cuanto más pomposo sea el lenguaje, más autoridad transmite.
Y, la persona más sabia que conociste en tu vida
probablemente escuchaba mucho, miraba más, y cuando decía algo, daba en la diana.
Sin rodeos. Sin máscaras. Sin necesitar aplausos.
Porque para construir una vida, es necesario que seas justo, busques la verdad, cuides tu alma. Y hay personas que lo saben.
No sólo con palabras.
Con sus manos.
Con su forma de mirar.
Con lo que hacen cuando nadie las ve.
La sabiduría verdadera no hace ruido.
Simplemente está.
Y es que la vida, vivida con los ojos abiertos, se vuelve aventura.
No hace falta demasiado para ser héroe.
Tan solo hace falta humanidad. Un momento, un lugar.
Y el amor, el miedo, la duda, la esperanza, la soledad, y la conexión.
Todo el universo humano cabe en un día cualquiera de una persona cualquiera.
Y esto nos libera de algo muy pesado que muchos llevamos sin saberlo.
La creencia de que para tener algo valioso que decir, algo valioso que hacer, primero hay que ser suficiente.
Suficientemente culto.
Suficientemente preparado.
Suficientemente importante.
Y no.
Si has vivido con honestidad, si has amado con entrega,
si has aprendido de tus errores y tratas a las personas como merecen,
ya tienes más que decir que muchos que llenan auditorios, estadios o redes sociales.
Todo eso lo tiene quien, de verdad, ha prestado atención a la vida.
Quien aprendió a escuchar antes de hablar.
Quien sabe que no lo sabe todo.
Quien puso el corazón por encima del ego.
Porque eso no se estudia. Se vive.
Y quien lo vive, aunque haya abierto poco un libro de filosofía,
lleva dentro algo que Platón, que Kant, que muchos,
persiguieron durante toda su vida: una claridad sencilla, limpia y real.
Sabiduría disfrazada de sencillez.
Profundidad que no necesita demostrarse.
Luz que no sabe que brilla.
Eso eres tú, cuando vives de verdad.
Ilustración perteneciente al cuento «Sueños mágicos»
Hay personas que han leído poco y entienden mucho.
Y personas que han leído mucho y no entienden nada.
La diferencia no está en los libros. Está en cómo se ha vivido.
En si se ha prestado atención o no.
A la gente, a los momentos, a lo que duele y a lo que alegra.
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