Muchos saben su nombre pero no conocen su historia.

La ven cruzar la calle con prisa y una sonrisa tímida y educada, y alguien piensa: “se nota que nada le preocupa”. Nadie se percata del mensaje que no contestó porque no tenía fuerzas, ni la lista en el bolsillo con “arroz, jabón, leche. Respira.” escrita por quien hace magia para llegar al final del día y del mes.
En el autobús, una señora la mira de reojo cuando ríe por «algo muy tonto que lee». Cree que es una mujer superficial. Nadie sabe que esa risa es como una tirita sobre una vieja herida. La noche anterior, ella se quedó despierta recordando aquella triste despedida y ese dolor que aún no cicatriza.
En la tienda, el cajero le dice “gracias” y ella contesta “a ti”, con voz suave y cantarina. A pesar de haberla practicado bastante, no siempre le sale así. En el pasado su voz sonaba entrecortada y triste.
Quien ahora le juzga no estaba cuando aprendió a dormir con la luz encendida. No estaba cuando se presentó a esa entrevista con los bolsillos rotos y la espalda dolorida. No estaba cuando dijo «basta» con la voz temblando, y respiró hondo para volver a coger fuerzas.
Es bien sabido que opinar es gratis: define más al que señala que a quien es señalado. Ser señalado duele, pero aprendes a poner límites y volver a intentarlo.
Por eso, cuando alguien le lanza un “yo en tu lugar…”, ella sonríe y piensa: “nunca estuviste en mi lugar”. Y continua con lo que está haciendo.
Compra el arroz. Guarda el jabón y la leche. Practica la respiración.
Si algún día quieres conocer su historia, ve a visitarla con tiempo. Ella te ofrecerá una silla, una taza de té y su mejor sonrisa.
Las cicatrices, desde el máximo respeto, harán el resto.
«Sabes mi nombre, pero no mi historia. Te han contado lo que he hecho pero no sabes la verdad. No has pasado por lo que he pasado ni has sentido todo lo que yo he sentido.
Sabes dónde estoy ahora, pero no de dónde vengo. Me ves riendo, pero no sabes lo que he sufrido. Juzgar a alguien es muy fácil cuando no somos nosotros el foco de atención. Por eso juzgar te define y ser juzgado te hace más fuerte.»
Ilustración perteneciente al cuento «El abrazo de la luna»
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Algunas imágenes interiores del cuento «El abrazo de la luna»:


Los dos siguientes cuentos de la colección

Sobre el miedo al colegio, a partir de 3 años, y sobre el miedo a la muerte, a partir de 8 años.

https://www.artstation.com/artwork/EzKO40
I saw that artwork and i felt in love, i had to do it in 3D!

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