Rilke sólo escribió una novela. Y la escribió para meterse dentro de un hombre que se deshace. Que se desmorona ladrillo a ladrillo.

Ese hombre se llama Malte Laurids Brigge. Un joven aristócrata danés que llega a París sin dinero y la ciudad lo aplasta. No hay trama de aventuras. Hay un diario. Fragmentos. Recuerdos que aparecen sin avisar. Miedos que no se nombran.

«¡Ah, qué bueno es estar entre gente que lee!» Rainer Maria Rilke.


Cuando alguien lee, no está solo.

Está conversando con el autor, con los personajes, con las ideas.

Y cuando dos personas que leen se encuentran,

pueden hablar de lo que han vivido cuando se han perdido en aquellos mundos que solo viven entre páginas.

Pueden compartir emociones que no han tenido en la vida real pero que han sentido en una novela.

Pueden entenderse sin necesidad de explicarse demasiado.

Entre los lectores hay un lenguaje compartido, una forma de estar en el mundo que no necesita traducción.

Quien ha descubierto la magia con Harry Potter, quien ha esperado a Godot, quien ha soñado con la isla del tesoro,

quien ha viajado con el principito, sabe de qué hablo.

Estar entre gente que lee es estar entre personas que han vivido muchas vidas.

Que han sido muchas personas en una sola vida.
Que han recorrido muchos mundos.
Y que, al encontrarse, pueden reconocerse en la mirada.

Porque han compartido las mismas emociones, aunque sea en páginas diferentes.

Rainer Maria Rilke (Praga, 1875-Suiza, 1926).
«Los cuadernos de Malte Laurids Brigge».

Rilke lo escribió entre 1904 y 1910, mientras vivía en París, pasando hambre a veces, sin saber bien cómo seguir.

Malte no hace grandes cosas. Observa. Recuerda. Se pierde. Y a través de él, Rilke nos muestra cómo la ciudad moderna, con su ruido, su prisa y su indiferencia, puede destrozar la sensibilidad de alguien que siente demasiado.

«Aprendo a ver», escribe Malte al principio. Aprender a ver no es mirar. Es dejar que el mundo te entre por los ojos sin ponerte un escudo. Es abrirte a lo que da miedo, a lo pequeño, a lo que otros apartan de la vista. Rilke convierte a Malte en un espejo roto donde se reflejan las miserias y las grandezas del alma humana.

En esta obra aparecen personajes que duelen: un niño llamado Erik, mendigos en las calles de París, un vecino que habla de Pushkin, un hijo pródigo que huye de su familia porque no sabe ser amado. Y también aparece la muerte. Rilke escribió que cada uno lleva su muerte dentro, como el hueso dentro del fruto. La muerte no es algo que llegue desde fuera. Es una forma que nos pertenece, aunque la vida moderna la haya vuelto anónima.

La novela termina con una historia: la del hijo pródigo que no regresa por arrepentimiento, sino porque necesita ser libre. No quiere el amor que los demás le ofrecen. Quiere otro amor. Uno que no ate, que no convierta en esclavo de las costumbres. Y esa huida, que parece egoísmo, es en realidad su manera de buscar a Dios.

¿Es Rilke o es Malte? Muchos creen que Malte es el propio Rilke. Él lo negó.

No es una autobiografía. Es un espejo. Rilke se miró en él para intentar comprenderse. Para intentar «crear su vida», como escribió en una carta.

Los cuadernos de Malte no son fáciles. No tienen un principio, un nudo y un desenlace claros. Son desconcertantes.

A veces incómodos. A veces incluso desagradables. Pero quien se pierde en sus páginas, quien acepta no entenderlo todo, sale transformado. Porque Rilke no escribió para consolar. Escribió para mostrar la desolación tal cual es. Para que aprendamos a ver. Y para que, al ver, aprendamos a vivir.

Ilustración perteneciente al cuento «Sueños mágicos».

 

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