“Soy hombre: duro poco y es enorme la noche. Pero miro hacia arriba.
Las estrellas escriben. Sin entender comprendo.
También soy escritura y en ese mismo instante alguien me deletrea“.
Octavio Paz.

Hay versos de pocas palabras que te recolocan por dentro.
A veces basta con levantar la vista para acordarte de que no eres el centro de nada y, a la vez, importas.
Miras ese silencio lleno de luz que sigue ahí aunque estés hecha un lío.
Lo miras de verdad y te emocionas.
Por sentir que formas parte. Te baja el ego, te sube el alma.
Como si la noche te dijera: “no lo vas a entender todo, pero puedes vivirlo con humildad”.
Como se viven las cosas bonitas. Con humildad, a tu ritmo y sintiéndolo todo.
Dice Octavio: “las estrellas escriben”. Como si lo de arriba tuviera un lenguaje que no se aprende, se reconoce.
Y entonces “sin entender, comprendo”.
Porque también nosotros dejamos escritura.
Con lo que hacemos, con lo que callamos.
Con cómo miramos, cómo tratamos.
Cada día trazamos una letra invisible en los demás.
Y ya que vamos a ser leídos, que lo que quede sea verdad, presencia, cuidado, humanidad.
Al final, quizá la vida sea aprender a vivir como quien lee despacio, para no perder lo esencial.
Incluso cuando la noche es enorme.
“Cada lector busca algo en el poema.
Y no es insólito que lo encuentre: ya lo llevaba dentro”.
Quizá por eso miramos al cielo.
Para recordar lo que ya estaba dentro, pero se nos olvida con la prisa.
De vez en cuando, se necesita apagar el ruido propio para escuchar el «silencio de las estrellas».
Ilustración perteneciente al cuento «El abrazo de la luna».
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