Hay miedos que no tienen nombre.

No hace falta haber leído la novela. Ni hace falta creer en Dios. La frase está ahí, flotando, esperando a quien la necesite. Naomi Alderman no escribió un libro perfecto.

Los críticos lo saben. Los personajes secundarios son sombras, la primera mitad se alarga, el protagonista se define solo por los demás.

Pero en medio de esa imperfección, un personaje roto, egocéntrico, insoportable a veces, Mark, tiene un destello de lucidez.

Mira a James, ve a esa otra persona que le completa, y suelta esta verdad.

Por eso duele leerla. Porque nombra lo que muchos sentimos y no sabemos decir.

 

 

«Mark me dijo en cierta ocasión: «Ella es como Dios para ti: calma inexplicablemente miedos inexplicables»». Naomi Alderman.

En ocasiones, alguien, sin grandes gestos, te devuelve la calma que tú solo no puedes encontrar.

Porque hay miedos sin nombre.

No son miedo a volar, a la oscuridad, a hablar en público.

Son miedos que se quedan en el aire.

Que no sabes de dónde vienen.

Que te agarran sin avisar.

Miedos que la razón no entiende y que la lógica no puede calmar.

Entonces llega alguien.

No da discursos.

No resuelve problemas.

No promete soluciones.

Sólo está.

Y su presencia, su voz, su forma de mirarte, logra que esos extraños miedos se calmen.

Una persona que, sin pedir nada, te devuelve a la orilla cuando ya no podías nadar.

Un faro en medio de la tormenta.

Una mano invisible que baja el volumen del pánico y calma tu alma.

Como el mismo Dios para los creyentes.

Porque hay personas que, sin ser divinas, ejercen una función casi sagrada. Nos sostienen.

Nos devuelven la paz cuando ni nosotros mismos sabemos por qué la perdimos.

Y es que, hay cosas que no se explican.

Se sienten.

Se agradecen.

Si no hemos tenido a esa persona, o aún la esperamos, o la hemos perdido, la frase de Naomi es también una oración silenciosa.

Una petición.

Un deseo.

Un «ojalá exista alguien así para mí».

Por eso duele.

Y por eso alegra.

Porque el amor más profundo no es el que da respuestas.

Es el que calma las preguntas.

Naomi Alderman (1974). Escritora británica.

Frase perteneciente a la novela «The Lessons» (Las lecciones) , publicada en 2010.

 

 

Naomi Alderman nació en Londres en 1974, en una familia judía ortodoxa. Esa doble vida, la de la fe y la del mundo exterior, se le quedó pegada a los huesos.

No ha dejado de escribir desde esa grieta. Estudió Filosofía, Política y Economía en Oxford, pero no se quedó en el pensamiento. Aprendió también a crear.

Su primera novela, «Desobediencia», publicada en 2006, nació de esa tensión. Una mujer regresa a la comunidad ortodoxa que dejó atrás tras la muerte de su padre y tiene que enfrentarse a lo que perdió, a lo que eligió y a lo que la eligió a ella. No es solo una historia de amor y prohibición.

Es la historia de quien se va, pero no puede irse del todo. La novela fue adaptada al cine en 2017, con Rachel Weisz y Rachel McAdams. Pero la fama no le importaba. A ella le importaba entender.

Luego llegó «The Lessons» en 2010. Una historia sobre un hombre que atrae a los demás como un imán. Sobre cómo alguien puede convertirse en el centro de tu vida sin que tú lo hayas elegido. Sobre los vínculos que no se explican pero que te sostienen o te hunden. Es de esta novela de donde nace la cita que ahora estás leyendo.

No es una novela perfecta. Los críticos lo saben. Los personajes secundarios son sombras, la primera mitad se alarga, el protagonista sólo sabe definirse a través de los demás. Pero en medio de esa imperfección, un personaje roto, egocéntrico, insoportable a veces, tiene un destello de lucidez. Mira a su amigo y suelta esa frase. Y esa frase ha viajado más lejos que toda la novela.

Y después llegó «El poder», publicada en 2016. Una distopía en la que las mujeres desarrollan la capacidad de generar descargas eléctricas. El equilibrio de poder mundial se invierte. No es solo ciencia ficción. Es una pregunta incómoda que Alderman lanza al mundo.

¿Qué haría la humanidad si el poder cambiara de manos?

Ganó el Women’s Prize for Fiction en 2017. Margaret Atwood, la autora de «El cuento de la criada», fue su mentora. Esa relación marcó su escritura. Se nota.

Lo que une toda su obra es exactamente lo que no tiene nombre fácil. El miedo sin causa. El vínculo sin etiqueta. El poder sin justificación. La identidad sin mapa. Alderman escribe sobre lo que se siente antes de que las palabras lleguen.

Fotografía: Primera mitad del siglo XX.

 

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Lo que no tiene nombre. Naomi Alderman