Llorar y reír a la vez.

Las personas sensibles llevan el corazón y el alma del revés.

Una lágrima siempre preparada para caer y una sonrisa a punto de estallar. Se sostienen en la cuerda floja entre las alegrías y las penas de la vida. De perfectas no tienen nada. Más bien al contrario. Se les escapa una risa por casi nada y el llanto por menos todavía.

Saben detenerse ante un arcoíris, dedicar una sonrisa cómplice a un gato, pedir un deseo a la mágica luna, y quedarse mirando el mar, para saborear en él la calma y el tormento infinito. Ven más allá de las apariencias: leen más que una sonrisa, más que una lágrima, más allá de la ira, más allá del dolor. Porque viven siempre desde el corazón. Saben convertir arena en polvo de estrellas y encender un sueño en plena oscuridad.

A veces, incluso, se hacen daño a sí mismas porque respiran con el pecho, no con los pulmones.

Para que esa delicadeza no se rompa, necesitamos una marea de ternura: océanos inmensos que nos devuelvan la calma y nos recuerden lo humano.

Olas de abrazos para quienes navegan a la deriva, torrentes de suaves palabras que cierren heridas, faros de claras miradas que orienten en la noche.

En un mundo que a ratos olvida la sensibilidad, la ternura debe ser brújula, casa, arraigo y sustento. Sólo con ella podremos volver a tocar tierra.

Baja el volumen al ruido y súbele el latido a la ternura: una llamada pendiente, un “gracias” a tiempo, un abrazo sin prisa.

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Algunas imágenes interiores del cuento «El abrazo de la luna»:

    

Los dos siguientes cuentos de la colección:

 

Sobre el miedo al colegio, a partir de 3 años, y sobre el miedo a la muerte, a partir de 8 años.

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