Es importante que entendamos que lo más importante es ser libre.

Ni siquiera valiente. Libre. Porque la valentía, a veces, es obligarse a resistir y la libertad es decidir vivir. Suelta la culpa que no es tuya, la necesidad de agradar a todos, la costumbre de pedir disculpas por ser intensa, por sentirlo todo, por ser directa aun con tus miedos.
No pidas permiso por ser tú, por reír mientras lloras para volver a reír de nuevo. No escondas tus ganas ni sueñes pequeño sólo para entrar donde no cabes o para tratar de sostenerte en vidas que no son tuyas.
Sé libre aunque te juzguen, aunque nadie te vea ni te dé tu espacio. Sé libre por todas las veces que te rompieron y aun así volviste a nacer desde tus cenizas.
Porque tu paz mental vale mucho más que cualquier relación.
Pero no olvides que la libertad auténtica no es “hago lo que siento”. Es “elijo lo que hago incluso cuando no me apetece, porque forma parte del tipo de persona que quiero ser”.
Ahí entra cuidar de un hijo aunque estés cansada, acompañar a un amigo aunque no sea el momento ideal, cumplir tu palabra aunque te cueste.
No son obligaciones que te apagan. Son compromisos que tú eliges porque construyen tu carácter y tus vínculos.
Si todo se reduce al deseo espontáneo, la libertad se vuelve capricho.
Aun así, cuidamos a los hijos porque los amamos y respetamos profundamente.
Las obligaciones lo destruyen todo cuando se imponen y cuando te niegan a ti misma.
Desde el respeto se pueden levantar grandes mundos.
Pero el respeto es también no tocar lo que sabes que le duele al otro sin necesidad. Y, al mismo tiempo, el respeto no es evitar conversaciones necesarias, no confrontar verdades incómodas, no poner límites.
A veces respetar a alguien implica tocar un punto que duele porque es la única forma de crecer o de evitar que algo empeore. No se puede confundir respeto con silencio protector.
Nunca permitas que nadie te obligue a nada. Pero la verdad madura es que tú tampoco puedes pedir que la otra persona te preserve siempre, te tranquilice siempre, te anticipe siempre. La libertad también incluye tolerar la incertidumbre, aceptar que el otro no se mueva según tu mapa emocional y gestionar tú lo que eso despierta.
El respeto es la mayor obligación, hacia ti y hacia el otro.
La libertad exige coraje, no para resistir, sino para sostener las consecuencias de ser tú sin imponerte al otro.
La libertad madura convive con el deber elegido, con la incomodidad que asumimos, con la renuncia en algún momento.
Sin eso, la libertad se convierte en huida.
Ilustración perteneciente al cuento «Corazones valientes».
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Algunas imágenes interiores del cuento «El abrazo de la luna»:


Otros cuentos de la colección

Sobre el miedo al colegio, a partir de 3 años, y sobre el miedo a la muerte, a partir de 8 años.

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This was a practice for the lights and textures, i was not trying to recreate the exact picture nor person

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