»Me celebro y me canto a mí mismo. Y lo que yo digo de mí, lo digo de ti también».
Al final de su vida, cuando ya apenas podía moverse por una parálisis, seguía recibiendo cartas de aquellos viejos soldados.
Que nunca olvidaron su nombre. Nunca.

“Creo que una hoja de hierba no es menos que el camino recorrido por las estrellas… Y que la zarzamora podría adornar los salones del cielo.
Y que la menor articulación de mi mano puede humillar a todas las máquinas”.
Walt Whitman (1819-1892)
Whitman le devuelve el valor a todo lo que existe. Desde el asombro.
La hoja de hierba no compite con las estrellas en tamaño ni en brillo.
Todo depende de la profundidad con la que miras el mundo.
La hoja de hierba y las estrellas.
Lo invisible frente a lo glorioso.
Lo que pisamos sin apenas ver frente a lo que miramos con admiración.
Pero el tamaño deja de ser la medida con la que valoramos las cosas.
El asombro verdadero no mide. No compara.
Sólo reconoce.
Me encanta esta imagen.
La zarzamora en el cielo.
Lo humilde no necesita subir a ningún cielo.
La belleza ya estaba ahí, en lo ordinario.
El cielo no está por encima de la zarzamora.
La zarzamora, por el hecho de ser, ya merece el cielo.
Y lo vivo, lo imperfecto y lo mortal tiene una dignidad que ningún mecanismo puede igualar.
No importa cuán grande sea la máquina.
Hay algo en la vida que sobrepasa cualquier medida.
Que atrae y maravilla sin dejarse del todo entender.
Y en el fondo, creo que Whitman nos está pidiendo algo sencillo y a la vez enorme.
Parar.
Mirar.
Ver de verdad a las personas, a las cosas, a lo pequeño que el mundo pisa sin darse cuenta.
Un camino recorrido por las estrellas.
Este fragmento pertenece a ‘Canto a mí mismo’, publicado en 1855 dentro de ‘Hojas de hierba’.
Whitman lo escribió sin rima, sin métrica clásica, rompiendo todas las convenciones de su tiempo.
Fue tan poderoso que Ralph Waldo Emerson, el filósofo y poeta más influyente de la época,
le escribió una carta personal diciéndole que era lo más extraordinario que había leído.
La voz del maestro reconociendo que algo nuevo había llegado.
Un poema que, como la zarzamora de la que habla, no necesitó pedir permiso para merecer un lugar.
Antes de que nadie supiera su nombre. Antes de que él mismo pagara los ejemplares de «Hojas de hierba» que casi nadie quiso leer. Antes de que le llamaran poeta del asombro. Walt Whitman fue enfermero. Sin título. Sin escuela. Solo con un corazón que no sabía mirar hacia otro lado. Hojas de hierba. Así se llama su gran libro. No fue un libro cualquiera. Fue la obra de toda su vida. La primera edición, de 1855, la pagó él mismo. La escribió a mano. La compuso en la imprenta. La publicó sin su nombre en la portada. Solo llevaba su retrato: un hombre de mirada directa, camisa abierta, sin corbata. Como quien no pide permiso para estar ahí.
En diciembre de 1862, leyó en un periódico la lista de heridos. El nombre de su hermano estaba allí. Viajó al frente. Lo encontró vivo. Pero no pudo volver. A su alrededor sólo había hospitales de campaña atestados de soldados rotos. Chicos sin piernas, sin brazos, sin nadie que les escribiera una carta. Y él no supo decir «esto no es mi guerra». Se quedó. Tres años se quedó en los hospitales de Washington. Sin cobrar. Sin pedir nada. Gastaba su dinero en fruta, en tabaco, en papel y sobres para que aquellos muchachos pudieran escribir a sus familias. Les leía en voz alta. Les sostenía la mano mientras los médicos les vendaban. Les limpiaba las sábanas manchadas. Les escribía cartas de amor a las novias que no sabían si volverían a ver. Y cuando alguien se moría, él se quedaba a su lado. Hasta el final. No dejaba que nadie muriera solo.
Más de ochenta mil soldados pasaron por sus manos. Años después, algunos lo recordaban en sus diarios como «el hombre bueno que nos traía fresas y nos llamaba ‘hijo'». Él nunca habló de aquello con orgullo. Nunca lo usó para ganar prestigio. Lo hizo en silencio. Porque no había otra forma. Cuando la guerra terminó, volvió a su cabaña en Camden y siguió escribiendo. Pero algo había cambiado. La guerra lo había roto. Y también lo había hecho más grande. Por eso sus versos después de 1865 tienen otra hondura. Porque él había visto la muerte de cerca. Y la había sostenido entre sus brazos.
Esa es la verdadera historia de Walt Whitman. No sólo el poeta que se asombraba ante una hoja de hierba. Sino el hombre que se ensució las manos para que otros no murieran solos. Y que, al final de su vida, cuando ya apenas podía moverse por una parálisis, seguía recibiendo cartas de aquellos viejos soldados. Que nunca olvidaron su nombre. Nunca.
Whitman trabajó como enfermero voluntario durante la Guerra Civil americana.
Visitaba a los soldados heridos, les escribía cartas, les sostenía la mano.
Ilustración perteneciente al cuento «Sueños mágicos»
La casa del fénix
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