La luz que traemos al nacer

Hay verdades que no necesitan explicación porque se ven en los ojos de un niño.
La alegría verdadera nace libre.
Ninguna de las circunstancias en las que naces determina lo que vales.
No elegiste dónde nacer. No elegiste tu lengua, tu color de piel, tu género, tu familia, tu país.
Todo eso te encontró a ti. No al revés.
Y, sin embargo, el mundo lleva siglos juzgando a las personas por exactamente esas cosas que no eligieron.
El valor humano es propio de cada uno.
No se gana ni se pierde por el lugar de nacimiento.
No depende de si naciste en Harlem o en un barrio rico.
De si eres hombre o mujer.
De si tu piel es oscura o clara.
Y la foto. La foto lo dice todo sin palabras.
Niños pobres divirtiéndose en un barrio humilde de Nueva York.
Y esa sonrisa. Que no pide permiso.
Niños que no saben todavía todo lo que el mundo les va a exigir que justifiquen.
Pero esa alegría es la prueba de que el valor estaba ahí antes de que nadie pensara siquiera en medirlo.
La foto es luz y alegría, se mire por donde se mire.
La inocencia, la alegría, la vida.
Saben dónde está la belleza de este mundo.
Y ellos son parte de esa belleza.
«El accidente de haber nacido en Sri Lanka, o judío, o mujer, o afroamericano, o pobre, no es más que esto, algo accidental con lo que nos encontramos al nacer… qué lengua se haya aprendido es, moralmente irrelevante, un hecho accidental de nuestro nacimiento que no determina el propio valor».
Martha Craven Nussbaum (1947).
Filósofa estadounidense.
Premio Príncipe de Asturias Ciencias Sociales 2012.
Fotografía de Paul Popper.
Niños pequeños jugando juntos cerca de una boca de incendios abierta en Nueva York en 1961.
Hay verdades que no necesitan explicación porque se ven en los ojos de un niño.
El valor de una vida no se mide por el lugar donde te toca nacer sino por la luz que llevas dentro.
Venimos al mundo con nuestra esencia intacta.
El verano en las calles de Nueva York se llenaba de niños buscando el agua de las bocas de incendio para escapar del calor.
La alegría verdadera no necesita adornos ni privilegios.
Nace libre.
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