Tal día como hoy, 21 de agosto del 1911…

París amaneció con la calma de un día cualquiera de verano.
Aunque era lunes, El Louvre permanecía cerrado al público por ser jornada de mantenimiento.
Sus pasillos vacíos parecían infranqueables, y sus guardianes, distraídos, confiaban demasiado en la rutina. Ese silencio era perfecto para un crimen legendario. Nadie imaginaba que ese día el museo perdería a su joya más preciada.
Un hombre avanzaba entre las sombras: Vincenzo Peruggia, pintor y vidriero italiano, antiguo empleado del museo y hombre menudo pero decidido. Llevaba puesta la bata blanca que usaban los trabajadores, un disfraz perfecto que le dotaba de invisibilidad.
Nadie reparó en él y nadie sospechó nada.
Sus pasos lo llevaron hasta la Sala Carré. Allí, bajo la penumbra, aquella famosa mujer del Renacimiento lo miraba con su sonrisa misteriosa.
La Mona Lisa parecía retarlo: ¿te atreverás?
Con gesto firme, descolgó el cuadro. El eco metálico del marco al tocar el suelo fue un golpe seco que rompió, aparentemente, la calma.
Se refugió en una escalera de servicio, liberó el lienzo de su marco y del cristal que lo protegía, y escondió la pintura bajo su ropa. Con el corazón latiéndole a un ritmo frenético, salió por una puerta lateral. Nadie lo detuvo.
El museo quedó intacto, como si nada hubiese pasado, salvo por el hueco en la pared.
La ausencia se descubrió al día siguiente. Un pintor, dispuesto a copiar la obra, se detuvo en seco: frente a él no había musa, solo una mancha clara en la pared desnuda.
Al principio pensó que la habían movido para fotografiarla, pero la realidad pronto se impuso: la Mona Lisa había desaparecido.
El Louvre cerró de golpe, la policía irrumpió, y París entera contuvo el aliento.
La noticia se propagó con fuerza.
Los periódicos gritaban titulares. Las multitudes acudían al museo solo para mirar el hueco desnudo que antes ocupaba el cuadro. La obra, irónicamente, se volvió más célebre por su ausencia que por su presencia. La policía, desbordada, interrogó a decenas de personas, incluso a genios como Apollinaire y Picasso, cuya sola mención encendía aún más el morbo popular.
Cada sospechoso interrogado aumentaba la intriga pero la Gioconda seguía sin aparecer. Durante dos años la pregunta seguía sin respuesta:
¿Dónde estaba la mujer de la enigmática sonrisa?
La respuesta llegó en diciembre de 1913. En un hotel de Florencia, Peruggia intentó vender la pintura a un anticuario. Su argumento era patriótico: “Leonardo debe regresar a Italia”, decía con convicción. Pero la historia olía a excusa, y el astuto anticuario alertó a la policía. En cuestión de horas, el ladrón fue esposado y el misterio resuelto.
Cuando la Mona Lisa volvió al Louvre en enero de 1914, no era la misma obra. El robo la había transformado: de joya del museo pasó a ser la pintura más famosa del mundo. La multitud la recibió con veneración, y el Louvre jamás volvió a ser el mismo.
Aquella sonrisa, robada y ahora recuperada, ya no era solo un cuadro: era el símbolo universal del arte, el rostro que nadie en el mundo dejaría de reconocer. La sonrisa que desapareció durante 28 meses ya no pertenecía solo a Leonardo, ni a Francia, ni a Italia. Era de todos.
«Se dice que Leonardo Da Vinci habría llevado el retrato de la Gioconda consigo cuando fue invitado a Francia por el rey Francisco I. La historia cuenta que el artista y científico italiano tenía el retrato femenino durante su estancia en el castillo de Clos Lucé (conocido también como mansión de Cloux), cerca de Amboise (castillo del Loira).
Desde entonces, la Gioconda formó parte de las colecciones reales y fue exhibida en el castillo de Versalles durante el reinado de Luis XIV. Llegó al Louvre en 1797.»
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