Desilusionarse es una buena noticia.

La ilusión, cuando se vuelve fantasía,
te arrastra a un pasillo de películas mentales y
te distrae de lo único real.
Lo que está pasando. La vida.
Desear es otra cosa. Querer también.
Eso no es el problema.
El problema es fabricar castillos en el aire y luego vivir
dentro como si fueran un hogar.
Cuando te desilusionas, duele, sí. Y tanto. Pero pasa algo raro y valioso.
Cuando la ilusión se rompe, despiertas.
El velo se levanta. Dejas de negociar con lo que te gustaría que fuese y
empiezas a mirar lo que es.
Y ahí comienza la libertad.
Porque ver puede ser más duro. Muchísimo.
Pero a la larga es más habitable.
La ilusión te rompe por sorpresa.
La realidad, cuando la miras de frente, te permite elegir.
Te devuelve el timón.
Desilusionarse no es perder. Es dejar de mentirte con cariño.
Es volver a ti.
Inspirado en palabras de Lucas Casanova.
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