«Y hoy, como hace tanto tiempo, la guardiana del espejo me acompaña y me sonríe.»

Aquella mañana abrí el armario y arrastré, sin querer, una caja escondida tras los abrigos. La tapa se levantó y asomó una cinta azul.
Me senté en el suelo, con las piernas cruzadas, y empecé a sacar tesoros: cromos «de petar», pegatinas, una pulsera, una foto en la que sonreía con esa carita tan suya y tan mía.
Y un espejo: grande y con el borde arañado de «tanta vida». Lo limpié y entonces la vi.
Allí estaba mi niña. Con esos ojos tímidos que miraban el mundo «desde otro lugar». Recordé aquello de “vuelve a un momento de tu infancia que duele”.
Mi niña no habló. Ella solía hablar poco, para no molestar. Para no enfadar. Sólo abrazaba su muñeca (una no muy famosa, pero por eso mismo le encantaba).
«He venido muchas veces a buscarte. A veces no supe cómo entrar, otras llegué tarde. Pero hoy estoy aquí.» Mi niña ladeó la cabeza (¡un gesto tan característico!). En sus ojos se dibujó una pregunta silenciosa: “¿Dónde estabas cuando dolía?”.
Quería explicarle cómo era ahora nuestra vida, el trabajo, ciertas personas. De lo que le hizo aprender a pedir permiso incluso para respirar. Consejos sobre no perderse por complacer.
Pero entendí que ciertas verdades sólo se aprenden caminándolas.
«Vengo a decirte que te quiero, que estoy muy orgullosa de ti. Que no vas a estar sola porque voy a acompañarte siempre. Lo prometo.»
Ella sonrió. La clase de sonrisa que ilumina los días de sombra. Esa sonrisa que tanto adoraba y que yo había olvidado. Y, sin necesitar valor, nos abrazamos. Un abrazo que fortalecía los miedos, y aflojaba las mandíbulas. Cálido, seguro, grande. Que decía «ya pasó. Aquí estoy».
Y allí estábamos. Con las cicatrices y la vida latiendo. Mi niña lo hizo bien cuando no sabía cómo, con miedo, equivocándose, cuando pidió un «porqué» sin respuesta, cuando se enfrentó.
El espejo tenía ahora un otro brillo.
Tal vez crecer era volver a casa con las manos vacías y descubrir que las tienes llenas.
Y al salir por la puerta, ella venía conmigo. Ligera, curiosa.
En la calle se sentía todo: el viento de otoño, una mujer que cruzaba la calle muy despacito, un niño que sonreía de la mano de su padre, una chica que bailaba mientras esperaba que el semáforo cambiara de color.
En todos ellos habitaba su propio «espejo».
Y poco a poco aprendes que no tienes que demostrar nada. Porque cuando cuidas de tu niña, ella te cuida a ti. Porque cuando la miras de frente, ella te enseña a mirar el mundo. Porque cuando decides quedarte, el miedo aprende a irse.
Y hoy la guardiana del espejo me acompaña y me sonríe. Con presencia, con verdad.
Cuida de tu niño interior. Seguramente, el día menos pensado, será él quién te sonría, te agradezca y te dé la fuerza de un gran abrazo.
Porque sólo él sabe que tú estuviste ahí cuando estabas preparado para rescatarle.
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Algunas imágenes interiores del cuento «El abrazo de la luna»:


Los dos siguientes cuentos de la colección

Sobre el miedo al colegio, a partir de 3 años, y sobre el miedo a la muerte, a partir de 8 años.

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This was a practice for the lights and textures, i was not trying to recreate the exact picture nor person

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