Antes de que nadie la conociera por Mujercitas, Louisa escribía con otro nombre.

Se llamaba A. M. Barnard.

Un seudónimo masculino para poder publicar novelas.

 

“Te ríes de mí cuando digo que quiero ser una dama, pero me refiero a una verdadera dama de mente y modales, y trato de hacerlo hasta donde sé.

No puedo explicarlo exactamente, pero quiero estar por encima de las pequeñas mezquindades, locuras y defectos que estropean a tantas mujeres”.


Louisa May Alcott.

«Mujercitas».



Louisa May escribió Mujercitas casi sin querer.
Su editor le pidió una novela para chicas jóvenes.
Creó a Jo March, quizá el personaje femenino más libre y honesto de la literatura del siglo XIX.

Jo no era un ideal. Era una mujer real que quería escribir, que no encajaba en los moldes. Y que aspiraba, en silencio, a ser mejor.
Ni más guapa ni más aceptada. Mejor.

Ser una dama no es lo que muchos imaginan.
No tiene que ver con títulos ni con lo que se ve.
Es la mujer que da sin esperar.
Que sostiene sin pedir nada a cambio.
Que habla con respeto, incluso cuando nadie la está mirando.
Que sabe estar para los demás sin perderse a sí misma.

Es la que se emociona con un arcoíris.
La que da agua a un animal.
La que celebra los logros ajenos sin que le cueste.
La que ve belleza donde otros pasan de largo.

Jo March no quería ser una dama de apariencias.
Quería elevarse por encima de lo pequeño.
De los celos, las envidias, los juicios rápidos que hacen daño.
Con humildad: “hasta donde sé”.
No presumía. Sólo aspiraba.
Porque sabía que es un camino.
Para caminarlo día a día.

Y no necesita demostrar nada.
Su valía no es algo que proclame con palabras.
Es algo que se vive, se hace, se es.
Actúa desde su esencia, desde quien es de verdad.

Porque ser una dama es la elegancia que no se compra.
La humildad que no hace ruido.
La dignidad que no necesita que nadie la vea.

Esa aspiración silenciosa de ser mejor sin necesidad de anunciarlo.
Y eso es lo que de verdad deja huella.

 

 

Antes de que nadie la conociera por Mujercitas, Louisa escribía con otro nombre. Se llamaba A. M. Barnard. Un seudónimo masculino para poder publicar novelas que ninguna mujer «decente» se habría atrever ni a leer. Eran historias oscuras, de venganza, de pasiones que quemaban. Las escribía porque su familia pasaba hambre y ella necesitaba dinero. Las vendía en quioscos, a cambio de unas monedas, sin que nadie supiera que detrás de aquellas páginas sensacionalistas había una mujer que soñaba con algo más.

Cuando su editor le propuso escribir una novela «para chicas», ella dijo que no. No le interesaba ese mundo. Prefería escribir sobre chicos.

«Lo único que sé de las niñas es lo que he vivido con mis hermanas», le respondió. Y al final, por necesidad, aceptó. Escribió sobre lo que conocía. Su casa, su pobreza, sus juegos, sus peleas, sus sueños. Y sin querer, casi sin darse cuenta, creó Mujercitas.

Lo que nadie supo entonces es que Jo March, esa muchacha rebelde que quería escribir a pesar de todo, no era sólo un personaje. Era la sombra de Louisa. La que se escondía tras un nombre falso para poder decir lo que no se podía decir. Por eso Jo es tan libre. Porque nació de una mujer que aprendió a desaparecer para poder mostrarse. Y que, al final, decidió ya no esconderse más.

 

En el siglo XIX, una mujer que quería escribir tenía pocas opciones.
O se callaba, o firmaba con nombre de hombre, o escribía lo que se esperaba de ella.

Louisa May conoció las tres.
Pero cuando creó a Jo March, algo cambió. Le dio voz a lo que no se podía decir.

 

 

Ilustración perteneciente al cuento «Sueños mágicos».

 

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La dama que no necesitaba permiso