«¡Juzgar es lo más fácil! Intentar comprender sin juzgar es el arte que siempre se nos escapa por cobardía:
sabemos que nosotros podríamos haber actuado igual que aquel a quien, por comodidad, juzgamos».
Rafael Argullol.

Juzgar siempre sale gratis. No requiere esfuerzo, ni riesgo.
Es un gesto rápido que nos coloca por encima del otro y nos deja tranquilos. “Yo no haría eso”.
Fin.
O eso creemos.
Comprender sin juzgar es un arte difícil porque nos obliga a mirarnos.
A admitir algo que preferimos negar.
Que, con otros miedos y otra historia, quizá habríamos actuado igual que el otro.
No juzgamos porque seamos más justos. Juzgamos porque no soportamos esa cercanía incómoda con el otro.
Porque reconocerlo nos obliga a ver nuestra fragilidad, nuestra capacidad de error, nuestra sombra.
La frase no dice “todo está bien” ni “todo se justifica”.
Habla de honestidad humana. De aceptar que el mal, el error o la torpeza no siempre vienen de monstruos,
sino de personas normales, con miedos normales, debilidades normales.
Gente que no se levantó un día queriendo hacer daño, pero acabó haciéndolo.
Y entender el origen humano del error no lo absuelve pero te obliga a mirarlo con verdad.
A romper la fantasía de que tú estás completamente fuera de peligro.
Cuando juzgas por comodidad, te ahorras el trabajo de comprender.
Y te ahorras, sobre todo, reconocerte en el otro.
Te pide que seas valiente.
Porque comprender es acercarte sin perder la verdad.
Hay una distancia enorme entre juzgar desde lejos y conocer de cerca.
Juzgar es rápido y no cuesta. Conocer exige tiempo, preguntas y escucha real.
Y muchas veces, lo que juzgamos no es a la persona.
Es el vacío que dejó su silencio. Comprender es el único camino que no engaña.
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