Para conseguir «esa mirada» que va más allá de lo que se percibe con los ojos, más allá de las apariencias, que nos ayuda a reírnos de nosotros y quitarle «hierro» a los problemas, es necesaria la madurez que sólo da la vida, con sus golpes y sus regalos, con las experiencias vividas y sus aprendizajes.

No nace de leer teorías sobre el éxito y el fracaso. Viene de atravesar, tanto el éxito como el fracaso, y mirarlos de frente sin confundirlos con nuestra esencia.

Llega cuando aprendemos a aceptar nuestros límites, a convivir con las heridas que se convierten en cicatrices, a reconocer que no controlamos casi nada, pero sí podemos decidir cómo responder.

Esa mirada también exige dejar de usar las heridas como excusa para no cambiar nada. Implica asumir que, aunque no tengamos la culpa de todo lo que nos pasó, sí somos responsables de lo que hacemos con ello ahora.
Y eso duele, pero te devuelve poder.

Con el tiempo, esa forma de mirar te ayuda a seguir sintiendo sin hundirte. A entender que no todo se arregla, que no todo tiene moraleja bonita y que, aun así, tu vida puede seguir siendo valiosa, interesante y muy tuya.
Aunque no encaje con el guion perfecto que habías imaginado.

Pero vivir con esa mirada tiene un precio: no puedes seguir contándote las mismas historias para no actuar. No puedes sostener vínculos que te restan ni mantener hábitos que ya sabes que te hacen pequeño. No puedes seguir llamando “paciencia” a lo que en realidad es miedo.
Te obliga a ser honesto, a ordenar tu vida por dentro y por fuera, y a elegir con claridad dónde inviertes tu tiempo y tu energía.

Al final, esa mirada es entender que estás de paso, que te vas a caer muchas veces y que, pese a todo, merece la “alegría” estar aquí, con todo lo que hay.

Es una mezcla de humildad, sentido del humor y dignidad propia. Saber que los triunfos no nos hacen más valiosos ni los «fracasos» nos condenan. Porque si lo intentas, nunca será un fracaso.
Desde este punto, es posible desdramatizar, agradecer, avanzar en paz y empezar a construir una vida que se parezca de verdad a quien eres.

Ilustración perteneciente al cuento «Sueños mágicos».

«Solo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible a los ojos». Antoine de Saint-Exupéry.

 

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Algunas imágenes interiores del cuento «El abrazo de la luna»:

    

Otros cuentos de la colección

 

Sobre el miedo al colegio, a partir de 3 años, y sobre el miedo a la muerte, a partir de 8 años.

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This was a practice for the lights and textures, i was not trying to recreate the exact picture nor person

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