Donde el alma se reconoce y la luz encuentra su camino.

Hay algo que me hace parar ante esta obra.
Muchas en algún momento hemos sido esa niña.
Nos hemos probado los enormes zapatos de nuestras madres,
nos hemos sentado frente al espejo, hemos querido parecernos a aquella bella mujer de la fotografía.
Y no es sólo la niña mirando la revista.
Es la muñeca y el pintalabios abierto en el suelo.
Un cepillo, un peine.
Esos pequeños detalles lo dicen todo.
Lo que queda atrás y lo que todavía no se ha ido del todo.
Ese instante exacto en que una puerta se entreabre y otra aún no se ha cerrado.
Norman Rockwell pintó ese umbral con una delicadeza que muy pocos artistas han sabido encontrar.
Quizá porque él también vivió entre dos mundos.
El que pintaba y el que vivía.
Supo ver ese instante que todas hemos vivido y pocas sabemos nombrar.
El espejo es a la vez juego y cómplice.
Un portal mágico donde la niña que fuiste y la mujer que eres se encuentran.
Dos miradas en el mismo cristal.
Ella te mira desde allí.
Tú la reconoces.
Y con el tiempo descubres que esa niña no desapareció.
Sigue ahí, mirándote desde dentro.
Asomándose a veces a tu mundo de adulta, con los mismos ojos llenos de misterio de entonces.
Esa niña que un día soñó con ser tú.
«Girl at Mirror». Una de las pinturas más emblemáticas de Norman Rockwell,
creada originalmente como portada para el número del 6 de marzo de 1954 de la revista The Saturday Evening Post.
Uno de los pintores más importantes de Estados Unidos en el siglo XX.
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A veces necesitamos mirar atrás para entender el camino recorrido.
Esta obra es el retrato de un sueño. La niña que se proyecta en la mujer que hoy somos.
Un homenaje a la curiosidad y a la importancia de mantener viva nuestra mirada.
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