Hay personas que sienten el dolor ajeno como si fuera propio.
Kafka era una de ellas. Él mismo lo dijo: «tenía una sensibilidad a flor de piel.»
«Si encuentras a alguien que te hace sonreír, que te mira a menudo para ver si estás bien.
Que cuida de ti y quiere lo mejor para ti. Que te ama y respeta.
No lo dejes ir. Gente así es difícil de encontrar».
Frase atribuida a Franz Kafka (1883-1924)

Me gusta la gente que ama tu risa, te hace reír y ríe contigo.
Kafka solía decir que el ruido le destrozaba.
Que la presencia de otros le agotaba.
Que necesitaba largas horas de soledad para escribir.
Aunque esa soledad también le pesara.
Que cualquier crítica, aunque fuera pequeña, le hundía durante días.
Que se angustiaba por cosas que a otros les parecían pequeñas.
Esa alta sensibilidad le permitió escribir obras maestras.
Es fácil encontrar gente que ría contigo.
Que te busque cuando necesite algo.
Que diga «te quiero» en momentos bonitos.
Pero encontrar a alguien que te mire para ver si estás bien.
Sin que se lo pidas.
Que se dé cuenta de tu cansancio antes de que tú lo nombres.
Eso es raro.
Y es un gran tesoro.
Y no hay mucha gente así.
Que cuide, respete, te vea, y quiera lo mejor para ti.
Aunque no siempre acierte.
Tal vez nunca la encuentres.
O la dejes ir.
O no sepas verla.
O no te sientas merecedor de ella.
El amor no es solo pasión.
No es sólo fuegos artificiales.
El amor está en esos pequeños gestos.
La gente que ama de verdad no te resuelve la vida.
Te la sostiene.
Sólo está ahí.
Sin grandes promesas.
Cuidar, ver y sostener. Al final, el amor siempre se traduce en esos pequeños gestos diarios.
Dejó un trabajo en una compañía de seguros y explicó por qué. No podía soportar los insultos con los que trataban a otras personas dentro de la empresa, insultos que nunca iban dirigidos a él. Tenía, dijo, «una sensibilidad a flor de piel». Eso es exactamente lo que hoy llamaríamos «hacer propio el dolor ajeno» sin que nadie te lo esté haciendo a ti directamente. No es debilidad. Es una permeabilidad que la mayoría de la gente no tiene, o ha aprendido a cerrar.
Kafka nació en Praga en 1883, hijo de un padre que medía el mundo en fuerza y en éxito comercial, y de un hijo que medía el mundo en palabras que nadie más parecía necesitar. Su padre era un hombre que él mismo describía como «tirano doméstico», alguien que no entendía, ni quería entender, por qué su hijo se encerraba a escribir en vez de vivir como un hombre de provecho. Le llamaba flaco, débil, inseguro, asustadizo, hipersensible. Y Kafka, en el fondo, terminó creyéndoselo durante años.
Escribió una carta a ese padre. Cincuenta páginas. Nunca llegó a entregársela. En ella decía cosas como «tú eras para mí la medida de todas las cosas», «dirigías el mundo desde tu butaca». Imagina cargar con un padre que ocupa el lugar de Dios en tu cabeza, y no tener manera de bajarlo de ahí ni en una carta de cincuenta páginas que ni siquiera te atreves a darle.
Se comprometió varias veces. Con Felice Bauer, con quien mantuvo una relación de años, casi toda por carta, llena de dudas que nunca terminaba de resolver. Con Julie Wohryzek, una joven a la que su padre rechazó por su clase social, y a la que finalmente dejó. Con Milena Jesenská, una mujer moderna, segura, casada, con la que mantuvo una correspondencia intensísima. Quiso casarse muchas veces. No se casó nunca. Él mismo decía que el matrimonio y tener hijos era «lo máximo en la vida de un hombre», y aun sabiéndolo, el miedo a no estar a la altura siempre ganaba.
En 1917 escupió sangre una noche. Tuberculosis. A partir de ahí, su vida se convirtió en sanatorios, fiebres, hemorragias, la garganta tan dañada que comer le dolía. Murió en 1924, en Kierling, Austria, con solo cuarenta años, prácticamente desconocido como escritor. Casi nadie había leído lo que había escrito.
Y antes de morir, le dejó una nota a su amigo Max Brod: «Quema sin leerlos absolutamente todos los manuscritos, cartas propias y ajenas, dibujos, etcétera, que se encuentren en mi legado».
Quería que todo ardiera. Toda su obra. Lo que hoy es considerado uno de los pilares de la literatura del siglo veinte, él quiso que desapareciera con él, sin dejar rastro.
Max Brod no le hizo caso.
Y ahí está la parte que más me sostiene cuando pienso en él: el hombre que más dudó de sí mismo, que se consideró toda su vida insuficiente, asustadizo, indigno del amor que buscaba, dejó sin saberlo un legado que millones de personas necesitarían después para entender su propia angustia, su propia sensación de no encajar en el mundo. Él pensaba que no merecía ser leído. Y resultó que el mundo entero lo necesitaba.
Las palabras «alguien que te mira para ver si estás bien», tienen un peso extra cuando se sabe esto. Kafka jamás tuvo a alguien así de forma estable.
Buscó esa mirada toda su vida, en Felice, en Julie, en Milena, y siempre se le escapó entre el miedo y la enfermedad. Escribió sobre el tesoro que nunca tuvo del todo. Y quizá por eso lo describió tan bien. Porque conocía exactamente la forma de su ausencia.
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