«El perdón no debería ser una obligación ni una deuda pendiente, sino una decisión libre y, ojalá, un acto de amor hacia ti.

No es borrar lo que pasó ni justificar lo que te dañó. Es recordar quién eres más allá de la herida. Nadie debería convertirse en aquello que le hicieron, ni como víctima ni como verdugo.
El perdón es soltar la cuerda que te mantiene atada al pasado para poder respirar en el presente.

Tampoco significa estar de acuerdo con lo que ocurrió. Significa que decides dejar de alimentarte del veneno que te mantiene unida al sufrimiento. Que eliges no seguir girando alrededor de la misma herida.

El perdón es un bálsamo silencioso. A veces llega a través de las lágrimas, en respiraciones profundas, en noches en las que escoges dormir sin darle tantas vueltas a la cabeza. Casi siempre llega despacio, sin ruido, paso a paso.

El alma sabe que cada vez que eliges perdonar, se abre una puerta hacia la paz.
Y sí, a veces cuesta horrores perdonar. No suele ser sencillo. Cuando el dolor se ha tatuado en la piel, el corazón levanta muros para protegerse. A ti y a él. Y hace falta tiempo para confiar de nuevo.
Pero el alma, esa gran sabia, no guarda rencor. Sólo espera, paciente, a que la mente y el cuerpo se atrevan otra vez a creer en el amor. A que recuerden que nunca se fue, que sólo quedó escondido bajo las capas del miedo.

Lo más complejo suele ser perdonarte a ti misma. Por lo que callaste, por lo que no supiste, por lo que hiciste desde el miedo o la soledad. Sin embargo, el alma lo comprende y no te señala con el dedo. Sabe que estabas aprendiendo, a trompicones, a recordar tu propia luz.

A veces el perdón convive con la distancia, con un límite claro o con un “hasta aquí”. No todo lo que se perdona tiene que recuperarse.

El perdón transforma el dolor del pasado en aprendizaje, la herida en compasión y la historia en una lección de amor que te hace más consciente y más libre.
Cuando perdonas, te devuelves tu calma, tu poder y tu alegría.
Y entonces el alma sonríe contigo. Ya no vives empujada por el miedo porque has aprendido a mirarlo de frente y a darle la mano, mientras estás siendo guiada por la verdad de quién eres y por la forma en que eliges cuidarte. Por dentro y por fuera.»

Inspirado en palabras de Cristina Fernández Marín.
Ilustración perteneciente al cuento «No me cuentes un cuento».

Cada pequeño gesto de perdón hacia ti misma también es una forma de decirte: “Ya no voy a abandonarte de nuevo».

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Algunas imágenes interiores del cuento «El abrazo de la luna»:

    

Otros cuentos de la colección

 

Sobre el miedo al colegio, a partir de 3 años, y sobre el miedo a la muerte, a partir de 8 años.

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