Gwen y Luna son una perra y una gata. Dos especies distintas, dos formas de habitar el mundo, dos ritmos, dos lenguajes.
Y aún así, conviven. Se respetan. Se toleran. Incluso se quieren a su manera.

Eso es más bonito todavía. Porque si una perra y una gata pueden compartir un hogar sin hacerse daño,
¿por qué los humanos, que nos creemos superiores, no aprendemos a convivir con lo diferente?
Schweitzer hablaba de «extender nuestro círculo de compasión a todos los seres vivos».
Gwen y Luna no se preguntan si la otra es de su especie. Simplemente están. Respiran tranquilas. Confiadas.
Porque saben que en casa no hay peligro.
Eso es la verdadera humanidad. La que no distingue entre especies. La que cuida al que tiene miedo.
La que protege al que no puede defenderse.
“Debemos luchar contra el espíritu inconsciente de crueldad con que tratamos a los animales.
Los animales sufren tanto como nosotros. La verdadera humanidad no nos permite imponer tal sufrimiento en ellos.
Es nuestro deber hacer que el mundo entero lo reconozca.
Hasta que extendamos nuestro círculo de compasión a todos los seres vivos, la humanidad no hallará la paz”.
Albert Schweitzer (1875-1965), teólogo, filósofo alemán.
Cada mañana están ahí.
Gwen y Luna.
Su respiración es tranquila. Confiada.
Porque aquí no hay nada que temer.
Dicen que los animales nos acompañan.
Que nos ayudan.
Pero yo creo que las mías, seguramente sin saberlo, me sostienen cada día.
Y eso me hace pensar que Schweitzer lleva años intentando decirnos una verdad incómoda.
No podemos hablar de humanidad mientras seguimos aprendiendo a cerrar los ojos.
Porque quien ha convivido de verdad con un animal sabe que ahí late una vida. Que hay sensibilidad, miedo, deseo de vivir.
Pero quizá acostumbrarnos sea peligroso.
Esa forma lenta de pasar por alto el sufrimiento ajeno.
Cuando no lo roza nuestra mirada.
Cuando no interrumpe nuestra vida.
Entonces dejamos de sentir.
Y lo que dejamos de sentir, empezamos a justificarlo.
Creo que la verdadera humanidad no se demuestra sólo en cómo tratamos a quienes amamos o se parecen a nosotros,
sino en cómo tratamos a quienes dependen por completo de nuestra capacidad de no dañar.
Porque un corazón que se acostumbra al sufrimiento termina endureciéndose un poco para todo.
Y quizá la paz que buscamos fuera empiece ahí.
En la forma en que aprendemos a mirar la vida cuando no puede defenderse.
Albert Schweitzer nació en Alsacia en 1875. Fue músico, teólogo, médico y filósofo.
Con treinta y ocho años dejó una carrera brillante en Europa y se fue a construir un hospital en Lambaréné, en el actual Gabón.
Lo construyó con sus propias manos. Vivió y trabajó allí durante décadas.
En 1952 le dieron el Nobel de la Paz. No por sus discursos. Por su vida.
Acuñó el concepto de «reverencia por la vida». Como forma de estar en el mundo.
Y creo que Gwen y Luna lo entienden mejor que muchos humanos.
Revisa nuestra tienda: https://cuentosconvalores.com/tienda/

Todos nuestros libros y cuentos están protegidos por las leyes de derechos de autor.
Queda prohibida su reproducción total o parcial por cualquier medio sin permiso escrito del autor.


0 comentarios