El otro día escuché:

“Si te pone nerviosa que alguien actúe con lentitud,
muchas veces no significa que seas impaciente.
Es una alarma antigua.
Un peligro que hoy no está, pero que tu cuerpo recuerda.
Porque hubo un tiempo en el que, cuando las cosas se alargaban, algo podía torcerse.
Si no reaccionabas rápido, el caos entraba por la puerta.
Y equivocarte tenía consecuencias.”
Y pensé que la vida me obligaba a correr demasiado pronto.
Me enseñó a hablar rápido porque la gente se va.
A andar deprisa para poder alcanzar.
A moverme con diligencia para que nadie me llamara lenta.
Aprendí que la rapidez reduce riesgos y reduce ruido.
Que lo mejor era adelantarse.
Que era más seguro resolverlo todo sola.
Que había que contestar rápido, hacerlo perfecto, llegar puntual.
Que pocos escuchan y menos se quedan.
Y un día como otro cualquiera, cuando la vida se me cayó, lo vi claro.
Sólo sobrevivía.
Y hoy, cuando alguien lo hace “a su tiempo”,
mi cuerpo no lo lee como calma.
Lo lee como riesgo. Como una puerta abierta al desorden.
Como si aflojar fuera peligroso.
Pero la verdad es que antes la rapidez me salvó.
Ahora no me deja vivir.
La calma ya no es una amenaza.
Ya puedo hablar despacio, caminar despacio,
respirar sin pedir perdón ni permiso.
Y no tengo que demostrar nada corriendo.
Ilustración perteneciente al cuento «Corazones valientes».
Revisa nuestra tienda: https://cuentosconvalores.com/tienda/

Todos nuestros libros y cuentos están protegidos por las leyes de derechos de autor.
Queda prohibida su reproducción total o parcial por cualquier medio sin permiso escrito del autor.






0 comentarios