El fantasma del presente

No me lleva a ningún sitio.
Me deja aquí, en la misma casa y en el mismo salón decorado de Navidad.
Lleno de gente. Todo parece bonito.
Y todo está bien.
Y entonces lo veo.
Un niño callado. No llora, no pide, no molesta.
Está sentado aparte, con la espalda recta,
como si ya supiera cómo hacerse pequeño.
Mira a la gente sin mirar del todo.
Está, pero un poco fuera.
Y algo se me encoge por dentro, porque reconozco esa forma de estar.
No por la cara. Por el cuerpo.
Quiero decir algo. Hacer algo. Pero el fantasma me frena.
Porque me puede el impulso de ayudar rápido.
De llenar el silencio.
“No corras”, me dice.
“No pongas palabras donde todavía no hacen falta”.
El niño no está pidiendo nada.
Está haciendo lo mismo que hice yo.
No molestar. No interrumpir. No ser visto.
Me acerco despacio y me siento a su lado. No le pregunto.
No le pido que esté bien. Sólo me quedo con él.
Al principio no pasa nada.
Luego, poco a poco, el cuerpo se afloja.
El suyo. Y el mío. Me mira de reojo, como comprobando si me voy a ir.
“¿Cómo te llamas?”, le pregunto muy bajito, como si el salón no tuviera permiso para oírlo.
No me dice su nombre. Me enseña su tesoro.
Un botón dorado, suelto, de su pijama.
Lo hace rodar entre los dedos, concentrado, como si fuera importante.
Al lado, asoma un pequeño soldadito de plomo, gastado,
con la pintura saltada en un hombro.
Es Navidad.
Y, a veces, la magia cabe entera en cosas así de pequeñas.
No digo nada. Miro de verdad.
Como se miran los tesoros.
Y entonces me da la mano, casi sin darse cuenta.
No hacen falta palabras. No hace falta animar. Sólo estar.
Acompañar sin invadir. Sostener sin exigir.
Y por un segundo pienso en la buhardilla. En su ventana abierta. En esa luz que no empuja, sólo acompaña.
Y entonces lo entiendo.
El presente no se arregla con discursos.
Se repara con presencia.
Con quedarse cuando nadie mira, sin llenar el silencio por miedo,
dando espacio y tiempo para que el otro respire.
El fantasma del presente no sonríe. Asiente.
Porque esto no va de hacerlo perfecto.
Va de no repetir el gesto que un día dolió.
Porque estaba, sí. Pero a mi manera, no a la suya.
Ahora me quedo de verdad.
Ilustración perteneciente al cuento «La luz que nunca se apaga».
Acompañar no es estar cerca. Es estar de verdad.
Porque a veces estamos pero no en la forma que el otro necesita.
Sin explicaciones. Sin prisa.
Sólo quedándose.
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