
«Seguro que en esa gran casa hay buhardilla.»
Eso me dice el fantasma del pasado mientras me toma de la mano. Camino despacio.
La casa está decorada de Navidad. Luces, brillo, mesas llenas.
Una de esas casas que muchos envidiarían.
Aun así, al subir, vuelve esa sensación antigua de intentar no molestar,
y por dentro vuelvo a ser pequeña. Antes de llegar arriba, me detiene. “Espera”.
Y entonces me muestra una escena.
En lo alto de la escalera, hay una niña con el pijama impecable y
dos trenzas sujetas con lacitos rojos. Mira la fiesta desde lejos.
El gran salón lleno de gente, de voces, de risas fuertes.
Adultos hablando entre ellos. Platos.
Demasiada gente en el salón. Demasiado ruido. Y ella, demasiado sola.
Lleva una muñeca entre los brazos.
La misma con la que dormía.
La aprieta contra el pecho como quien se agarra a algo que sostiene.
Mira a la gente, casi sin mirar. Como si estuviera allí, pero un poco fuera.
Quietecita.
Aprendiendo a hacerse pequeña para que nadie se moleste.
Esa niña soy yo.
No está triste del todo. Está aprendiendo a no pedir.
A no interrumpir. A no ser vista.
El fantasma no explica nada. No hace falta.
Me lleva arriba. A la buhardilla.
Allí no llega el ruido del salón. La ventana está abierta.
El cielo, lleno de estrellas, mira sin juzgar.
La luz, suave, está hecha para no asustar.
Me acerco a la niña y le tomo de la mano.
Como nadie hizo entonces.
Y nos vamos a jugar.
Imaginamos que viajamos a un mundo de caramelos y piruletas,
donde los niños viven la verdadera Navidad.
Una Navidad que huele a Navidad.
Donde el frío no aprieta por dentro,
donde la luz acompaña y la espera no duele.
Y desde allí, como en los cuentos de verdad, damos un salto.
Uno de esos que sólo se pueden dar cuando alguien te mira y te dice, sin palabras:
“estás a salvo”.
Viajamos en el tiempo, hasta la noche en que nació Jesús.
El aire es frío y limpio.
La estrella está en lo alto, quieta, como una promesa.
Todo el mundo parece haberse detenido para no hacer ruido.
Hay canciones bonitas, de las que se susurran para no romper el silencio.
La niña me mira, y entiende.
Entiende que la Navidad no era el salón lleno. Ni el ruido. Ni la exigencia de estar.
Era esto. Presencia, abrigo, una mano a tiempo,
un “ven” cuando por dentro te sientes sola.
El fantasma del pasado ahora sonríe.
No ha venido a castigarme.
Ha venido a enseñarme algo que
sólo se ve cuando miras atrás con ternura.
Y antes de irse, me deja una verdad:
La magia no está en los adornos ni en los regalos.
Está en volver. En acompañar.
En convertir ruido en hogar.
Ilustración perteneciente al cuento «El abrazo de la luna».
El pasado no vuelve para castigarnos.
Vuelve para enseñarnos desde dónde aprendimos a estar.
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