«El amor jamás se da por vencido.»
Pablo de Tarso.

Pablo habla de un amor que se queda, que no huye cuando todo tiembla y la vida llueve.
Porque el amor, cuando es verdad, no se rinde ni se traiciona.
Ese es el amor que algunas personas eligen vivir cuando dejan una vida cómoda,
cuando se quedan en lugares heridos, cuando miran a los demás y los tratan como personas valiosas.
Ese amor paciente y bondadoso se organiza, se arremanga,
acompaña el dolor aun sabiendo que no puede arreglarlo todo.
No exige que las cosas se hagan a su manera porque entiende que
esa historia no va de uno mismo, sino del otro.
Y, aun cuando todo parece perdido, mantiene la fe y la esperanza.
Y por ese mismo amor, el de verdad,
hay personas discretas y enormes que siguen apareciendo en cada camino.
Personas que hacen visible este amor sin ruidos ni focos, en lugares donde parece que
Dios se ha olvidado de pasar, pero yo sé que está.
Quizá el reto es dejar de hablar del amor como idea abstracta y preguntarnos
dónde y con quién estamos llamados a vivirlo así.
Sin espectáculo. Sin registro de ofensas.
Firmes, aunque el suelo tiemble.
Porque, al final, el amor hallará el camino, aun por sendas donde
ni los lobos se aventurarían a seguir su presa.
La pregunta es si nosotros queremos recorrerlo.
Qué necesario es traer el amor de vuelta,
especialmente en tiempos de prisa y apariencias.
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