“La idea de un eclipse de Dios significa la reducción de Dios
a un mero objeto de discusión, de duda, de reflexión.
Ese tratamiento que oculta a nuestros ojos su presencia real e impide que el hombre se relacione con Él
como un yo con un tú, en vez de un yo con un ello.
El eclipse de Dios es pues, la ausencia de la relación con Él.
Esta es la enfermedad espiritual básica de nuestro tiempo».
Martin Buber

“Eclipse de Dios”.
Una expresión con una fuerza rara.
Te deja un eco dentro, recordando que lo importante no siempre se toca con las manos, sino con presencia y atención.
Una luz que sigue ahí, escondida tras las nubes, esperando que levantes la mirada.
Martin Buber dice que no hemos “matado” a Dios.
Lo hemos convertido en debate, teoría, duda.
Lo analizamos, discutimos, pero dejamos de hablarle.
Y ahí está el problema.
Cuando Dios se vuelve “ello”, ya no hay conversación, ni mirada, ni latido compartido. Casi como un susurro que se pierde antes de llegar a ti.
En esa distancia nace el vacío que duele.
Es como hablar de alguien que amas en vez de hablarle directamente. Puedes decir mil cosas, analizar cada gesto.
Pero no sientes su calor.
No sientes que exista contigo.
Que sea contigo.
Faltan corazón, presencia.
Ese “Tú” que te responde.
La verdadera vida espiritual no está en discutir ni teorizar, sino en encontrarnos, abrirnos, mirar y ser mirados.
Es volver a hacer de lo esencial una relación viva.
Incluso lo invisible se siente.
Un latido compartido que te recuerda que lo esencial sigue ahí, aunque sólo lo percibas si decides mirar de verdad.
Es como dejar de mirar a alguien a los ojos y empezar a analizarle.
Ya no hay encuentro. Sólo un muro entre dos personas que podrían estar cerca
y han elegido la distancia sin darse cuenta.
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