Cuando las sonrisas iluminan mundos.

En Navidad nos llenamos de luces, de mesas bonitas, de fotos perfectas.
Nos vestimos de gala y sacamos la vajilla «de los días grandes».
Pero la luz más importante no cuelga del techo.
Hay sonrisas que te abrazan. Quedan bien en la foto y sostienen.
Una verdadera sonrisa es un “te veo”.
Es un “aquí estoy contigo”.
Es un minuto sólo para ti.
Es preguntar y quedarte a escuchar la respuesta, aunque sea incómoda.
Porque hay sonrisas pequeñas, casi tímidas, que te devuelven el mundo.
Y hoy, 25 de diciembre,
me quedo con el gesto que habla más que mil palabras.
Con la paciencia.
Con el abrazo que protege a tiempo.
Con la calma que llega cuando alguien
le baja el volumen a la prisa y apaga el ruido.
Me quedo con la gente humilde de corazón.
La de sonrisa traviesa.
La que no presume.
La que cose bondades.
Adoro a esas personas mágicas que aparentan ser normales, pero te hacen hogar.
Porque no se notan por lo que dicen. Se notan por cómo te tratan.
Y cuando una sonrisa es así, ilumina y abriga.
No se improvisa.
Nace de estar.
De mirar sin prisa.
De sostener.
Que hoy la luz se nos note por dentro, y alumbre fuera.
Ilustración perteneciente al cuento «El abrazo de la luna».
Hay sonrisas que son refugio.
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