Cuando asoma el sol y la ciudad aún duda

entre dormir y despertar, Gaby abre el armario y encuentra, entre vestidos y camisetas, una mochila vieja. No lo recuerda, pero la acompaña desde siempre, aunque a veces pese menos. Y por eso la olvida.

La abre. Dentro hay piedras con palabras escritas a mano: “Explicarme”, “Gustar”, “No molestar”, “Quedar bien”, “Responder al instante”, “Demostrar que valgo”. Cada piedra guarda historias ya vividas, pero siguen allí, frías y silenciosas.

Sale a la calle con la mochila a la espalda. El día parece tranquilo, pero ella camina como si subiera una cuesta que nunca tuviera fin.
Una panadería enciende el horno, un repartidor silba, una niña corre con su abrigo azul.

Al llegar al parque, se sienta en un banco. A su lado, un hombre mayor deja caer un periódico y suspira. No se miran.

Gaby abre la mochila y toma la primera piedra: “Explicarme”. Recuerda todas las veces que justificó su alegría, sus silencios, sus decisiones, como si con cada movimiento necesitara permiso. Se la acerca al corazón y la deja junto a un tronco. No la tira. Sólo la deja.

El aire se vuelve menos denso.

La segunda piedra, “Gustar”, es la más lisa. Sonríe. Tanto esfuerzo por gustar que olvidó preguntarse si le gustaba la vida que vivía. La coloca junto a la otra. Dos piedras. Dos lecciones.

Una por una, hace lo propio con cada piedra. “No molestar”. “Quedar bien”. “Responder al instante”. “Demostrar que valgo”. Al leer esta última, siente un pinchazo. Esa piedra la había llevado incluso a la cama, entre sábanas, como si su valor necesitara estar continuamente en guardia.
La sostiene con ambas manos. Pesa. Su valor es anterior a cualquier ruido.

El hombre sentado a su lado la observa de reojo. No pregunta. Sabe que hay momentos que necesitan del silencio.

Gaby deja también esa piedra. De pie frente a las piedras escritas, se permite un minuto. Porque soltar es agradecer y despedirse.

La ciudad es la misma, pero ella ahora puede escuchar.

El crujido de las hojas, el pequeño concierto de insectos, el eco de una pelota que rebota en la pista cercana, dos desconocidos que se abrazan.

Antes de irse, mira atrás. Las piedras siguen allí, pacientes. Sólo el sol las calienta. Tal vez alguien se reconozca y se permita su propio momento.

No todas las cargas se sueltan en un día ni todos los días sale el sol. Pero hay mañanas en las que basta una decisión para mover tu mundo.
Gaby cruza la calle con las manos libres. Ahora puede ver todo con más claridad.

Y es que la sabiduría no siempre añade. A veces quita. Y en ese quitar, en ese hacer sitio, la vida encuentra por fin dónde estar y sentirse.»

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Algunas imágenes interiores del cuento «El abrazo de la luna»:

    

Los dos siguientes cuentos de la colección

 

Sobre el miedo al colegio, a partir de 3 años, y sobre el miedo a la muerte, a partir de 8 años.

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