«Las personas creen que los cambios ocurren sin esfuerzo.

Sólo deseo y pensamiento positivo. Pero la verdad es que te resistes al dolor, te rindes, colapsas y renaces consciente». Como Sally en La novia cadáver. Te coses las roturas tú misma.

Sally no esperó a que el mundo cambiara para ella. Vio su encierro, olió el peligro y, aun temblándole las manos, hechas de retales, eligió saltar.
El golpe dolió. Claro que dolió. Pero no lo escondió bajo vendas bonitas.
Se miró con paciencia, cogió hilo y aguja, y empezó a coserse.

Sanar se parece a eso. Primero das nombre a la herida, sin adornos. Después admites que escuece y que no hay pensamiento positivo que lo borre. No lo encuentras ni te apetece buscarlo. Y está bien.
Luego te sientas contigo, pones un límite sencillo. “Así no”, “hoy no”, “necesito tiempo”, «debo respirar». Y das una puntada pequeña.

Sally envenenó al doctor para poder salir. No por maldad, sino por dignidad.

Tú también te abres una ventanita por donde entra la luz cuando dices que no, cuando te apartas de lo que te rompe, cuando eliges dormir un poco más, comer algo que nutra, escribir un texto, llamar a quien sostiene.
Nadie aplaude esas puntadas. Seguramente, ni siquiera las perciban los demás. Pero son las que te devuelven a ti.

Sanar no es volver a ser como antes. Sally siguió hecha de costuras, sólo que ahora cada costura tenía sentido.
Tú tampoco borrarás las cicatrices. Las harás brújula. Habrá días en los que te descosas de nuevo, pero no será fracaso. Será la señal de que necesitas otra puntada. Levántate con esa verdad, tranquila, como quien recoge su propio brazo para distraer al monstruo y salvar lo que ama.

Hoy basta con nombrar una rotura y coserla un ratito.
Mañana, otra puntada.
No te deshaces ni naces de nuevo. Te rehaces y transformas tu vida.
A puntadas pequeñas y con verdad.

Porque sanar no es negar el dolor. Es aprender a amarte mientras coses tus heridas. Puntada hoy, puntada mañana.

«Las personas creen que los cambios ocurren sin esfuerzo. Sólo deseo y pensamiento positivo. Pero la verdad es que te resistes al dolor, te rindes, colapsas y renaces consciente.» (Despertando al Gigante)

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Algunas imágenes interiores del cuento «El abrazo de la luna»:

    

Los dos siguientes cuentos de la colección

 

Sobre el miedo al colegio, a partir de 3 años, y sobre el miedo a la muerte, a partir de 8 años.

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