Primero fue Día de los Muertos. Después, con el primer acorde, se llamó «Coco».

No había calaveras ni puentes dorados. Era solo una idea tímida sobre cómo contar una historia del Día de Muertos, un director con una pregunta y un cuaderno lleno de garabatos.
El primer borrador seguía a un niño estadounidense y a su padre camino a México para aprender a dejar ir a la madre.
Sonaba razonable en papel, pero el corazón no latía. El Día de Muertos no va de soltar. Va de recordar.
El equipo hizo las maletas. Se perdió por mercados, caminó cementerios con velas encendidas, escuchó a familias que ponían una foto, un plato, una flor y, al hacerlo, abrían un hilo invisible con quienes amaron. Entonces apareció la idea que lo cambió todo: no existe una sola muerte. Hay una primera, cuando el cuerpo se detiene; una segunda, cuando la tierra cae sobre la madera; y una última, la más silenciosa, cuando nadie pronuncia tu nombre.
Y la película encontró su latido en el mismo instante en que una voz evita la tercera muerte. Ahí la historia cambió. Nació Miguel, la familia Rivera, Santa Cecilia con patios de Guanajuato, kioscos de Michoacán y colores de Oaxaca.
La música pidió verdad. Los animadores filmaron manos reales tocando, ataron cámaras a guitarras, estudiaron dedos que pellizcan cuerdas y muñecas que se abren en acordes imposibles. No querían que pareciera que tocaba. Querían que tocara. Y en la pantalla, las yemas de Miguel pisan trastes en el sitio exacto y las cuerdas vibran con ese temblor mínimo que solo conoce quien ha pasado horas domando un instrumento.
Dante entró corriendo, lengua afuera, torpe y luminoso. No eligieron cualquier perro. Eligieron un xoloitzcuintle, animal antiguo, compañero de viaje según las historias de antes. En su torpeza había ternura; en su raza, memoria.
También aparecieron los alebrijes, criaturas imposibles nacidas del arte popular, que en la película se convirtieron en guías. Fue una licencia poética, un gesto de gratitud a los artesanos que pintan a mano el sueño de los colores.
Pero un día, las voces se alzaron. El nombre de la película no les pertenecía. La empresa rectificó y la película lo cambió por «Coco».
El montaje final dejó, para quien quisiera buscarlos, cameos y firmas mínimas. Y, cuando la película llegó a las salas, cada espectador trajo de la mano a sus muertos. No era una historia sobre la muerte.
Al final, era una historia sobre la vida que existe cuando un nombre es pronunciado a tiempo, en la canción que abre una puerta, en la familia que se reconoce incluso cuando se equivocó.
Y así quedó escrito: cuando alguien dice “recuérdame”, la pantalla no contesta con lágrimas, contesta con luz. Porque mientras haya una sola persona que diga su nombre, nadie se va del todo.
Siempre vuelve a casa. Está en casa.
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Algunas imágenes interiores del cuento «El abrazo de la luna»:


Los dos siguientes cuentos de la colección

Sobre el miedo al colegio, a partir de 3 años, y sobre el miedo a la muerte, a partir de 8 años.

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This was a practice for the lights and textures, i was not trying to recreate the exact picture nor person

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