“Ciertos pensamientos son plegarias.
Hay momentos en que, sea cual fuere la actividad del cuerpo,
el alma está de rodillas”.
Víctor Hugo, Les Misérables.

Cuando “el alma está de rodillas”, es como una plegaria.
A veces por humildad, para aceptar que no lo controlas todo.
A veces por dolor, cuando hasta el aire ahoga.
A veces por miedo, cuando te tiembla el suelo.
Y a veces por gratitud, cuando algo te supera de puro bonito.
Por súplica, cuando necesitas ayuda.
Por ese silencio reverente, cuando algo te atraviesa.
Porque hay momentos en los que, entre los pensamientos,
asoman un “por favor”, “gracias”, “no puedo”, “guíame”, “sostenme”.
La oración a veces es ese gesto íntimo de abrir el corazón
con la esperanza de que alguien escuche de verdad.
Y cuando la vida te golpea,
lo primero que se rompe muchas veces es esa confianza de hablarle a Dios
sin miedo, sin rabia, sin desilusión. Pero lo humano es volver.
Volver despacio. Volver con lo que tienes, aunque sea poco.
Por eso esta frase no me suena a poesía bonita.
Me suena a verdad, a vida.
Hay días en los que tu alma sólo pide luz.
Ilustración perteneciente al cuento «El abrazo de la luna».
A veces la plegaria no es tener palabras perfectas.
Es parar un momento y admitir: “no puedo sola”.
Y aun así, volver. Aunque sea en un susurro.
Aunque sea sólo a pedir luz.
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