Creo que algo está mal en esta imagen de Carl Larsson.

Todo parece en orden.
Niños, casa cuidada, luz cálida, gestos cotidianos.
Y, sin embargo, cada uno está a lo suyo.
Juntos, pero no necesariamente acompañados.
Puedes estar rodeado de luces y seguir sintiéndote solo.
Y ésa es una soledad que casi nadie nombra,
porque no “queda mal”. Pocos lo notan.
No hay drama. No hay gritos.
Sólo ausencia de presencia.
Y cuando lo que realmente importa se olvida,
la casa puede estar preciosa, pero el corazón vacío.
Da igual las fechas, o el origen de algunas tradiciones.
Lo importante es a qué le das el corazón.
Dónde pones tu mirada.
Lo que llevas dentro.
Y eso debería notarse en la forma de
tratar, acompañar, sostener.
En la paciencia, en la humildad, en la paz que construyes,
aun cuando nadie lo mire.
La regla de oro no es un adorno navideño.
Es una brújula diaria que te lleve a mirar al que está solo,
hacerle sitio y acompañarlo.
Imagen de Carl Larsson (1853–1919), pintor e ilustrador sueco.
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