La verdadera vulnerabilidad no hace ruido.

Camina de puntillas, sin demasiado drama. Asoma cuando la vida te toca y el suelo tiembla. Y no significa soltar todos tus pensamientos y tus sentimientos, todavía desordenados, en la primera persona que te encuentres.
No es compartir por compartir.

Surge cuando algo valioso está en juego.
Cuando te arriesgas a sentir vergüenza o abandono.
A que se burlen de ti o de lo que sientes, perder el escudo que te mantuvo a salvo durante tanto tiempo. Incluso lo que otros crean de ti.

Son momentos en los que te quitas la máscara, tus defensas se suavizan y te permites un “lo siento”, “no puedo sólo”, “tengo miedo”, “no tengo la respuesta”, “ojalá lo hubiera gestionado mejor”.
Palabras que te exponen y, al admitirlas, sientes nervios y vergüenza, pero, justamente por eso, dejan espacio para que entre algo nuevo.

La fortaleza nunca se trató de ser perfecto ni de tenerlo todo bajo control. Tiene más que ver con permanecer cerca de lo que has vivido, con no abandonar esas partes vulnerables y asustadas que sólo querían amor.

Cuando por fin dices en voz baja lo que llevas semanas callando no es para que te consuelen o para que te salven. Sólo es que llevas tiempo sosteniendo tú sólo algo que pesa demasiado y ya no puedes seguir fingiendo que te da igual.
Notas el nudo en la garganta, ese temblor mínimo en la voz que intentas disimular.
Y una parte de ti quiere salir corriendo. La otra sabe que, si no lo dices ahora, te vas a seguir rompiendo por dentro.
Ese momento honesto y sin máscaras en el que te sientes suave, herido, confundido, feliz, enfadado. Perfectamente, imperfectamente humano.
Sí, incluso tu alegría puede ser vulnerable.

Porque la verdadera vulnerabilidad te acerca a la vergüenza, al miedo y al terror de la intimidad, pero también te acerca a ser amado. A estar, por fin, en la luz del amor.

Como un abrazo al niño que llevas dentro y que siempre ha anhelado ser sostenido.

Estás cerca de temblar, cerca de la luz, cerca de salir corriendo, cerca de ti mismo, cerca de lo auténtico.

La vulnerabilidad está ahí, nunca se fue. Sólo asoma cuando permites a la vida tocarte de nuevo.

Inspirado en palabras de Jeff Foster.
Ilustración perteneciente al cuento «El abrazo de la luna».

A veces confundimos vulnerabilidad con debilidad. En realidad decir la verdad requiere de fortaleza cuando sería más fácil esconderse.
Al final, mostrar lo que duele no garantiza que el otro se quede, pero sí garantiza que tú dejes de traicionarte.

 

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Algunas imágenes interiores del cuento «El abrazo de la luna»:

    

Otros cuentos de la colección

 

Sobre el miedo al colegio, a partir de 3 años, y sobre el miedo a la muerte, a partir de 8 años.

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This was a practice for the lights and textures, i was not trying to recreate the exact picture nor person

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