Vivimos bajo un mismo cielo.
El eclipse fue como el que mira la luna y siente que ella también lo mira de vuelta.

Hay momentos que no piden explicación. Piden silencio. Tal vez escucha. El cielo se oscurece a plena luz del día.
La mágica luna parece hacerse dueña de la situación.
Una sombra recorre la tierra como un susurro antiguo.
Y parece como que el tiempo se congela.
Que algo en nosotros se detiene.
No es miedo.
Es otra cosa, más antigua, que no tiene nombre exacto.
En ningún idioma.
Rudolf Otto la llamó numinoso.
Otros la llaman fe, asombro, misterio.
El nombre importa poco.
Lo que importa es que ahí estamos.
Mirando hacia arriba.
O no.
Pequeños.
Sin necesidad de entender más allá de lo que sabemos.
Como un dulce vértigo que nos recuerda que no somos el centro, sino parte de un todo que no terminamos de comprender.
Einstein no dejó de ser científico por sentir esa reverencia.
Cuanto más sabía, más la sentía.
Cuanto más se acercaba a las leyes que rigen el universo, más se inclinaba ante ellas.
Porque la ciencia y la fe no compiten por el mismo territorio.
Una explica el cómo.
La otra sostiene el asombro ante el hecho de que haya un cómo.
Cada persona vive ese instante como siente su alma.
Unos lo llaman gratitud.
Otros lo llaman Dios.
Otros simplemente se quedan callados.
Sin palabras.
Sintiendo que forman parte de algo que los sobrepasa.
Porque al final, la vida no se explica.
Se agradece.
Y somos, por un instante, uno con el eclipse, con la sombra, con la luz que regresa.
Y con todos los que, antes que nosotros, sintieron lo mismo.
Eso es lo mágico. Eso es lo maravilloso.
Que el misterio no necesita ser resuelto.
Sólo necesita ser vivido.
Sentido.
Compartido.
En silencio.
Con el corazón abierto.
Siempre agradeciendo.
«Rudolf Otto acuñó la palabra «numinoso» (del latín, numen, divinidad) para referirse a todo lo que es misterioso, inaprensible, escondido, lo que es absolutamente otro. Lo numinoso produce reverencia, fascinación, asombro o la sensación de pequeñez y humildad ante el mundo, tan clara en muchos creyentes. Científicos importantes como Einstein o Planck, tenían un profundo sentido de lo numinoso. Ello muestra que el pensamiento científico y la fe religiosa no se contradicen; por el contrario, son dos maneras distintas de acercarse a la realidad que atrae irresistiblemente al hombre pero que sobrepasa su capacidad de entender».
Antonio Fernández Rañada.
«Los científicos y Dios».
Trotta, 2008.
Fotografía: Sin necesidad de entender. Sólo de mirar con asombro.
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