Al abuelo le gustaba decir que el mundo no cabía en la mirada.

Por eso guardaba en una caja tres lentes distintas. Me dejó la caja el día que cumplí diecisiete años, y una carta en el buzón, con la firme promesa de no abrirla hasta «comprender».

Probé la primera, la lente del miedo. Todo era peligroso. El reloj sonó como una alarma, la puerta como una trampa, las personas como amenaza para verme caer. Caminé una hora con ella y volví agotada. La ciudad no había cambiado pero, en cada esquina, parecía que acechaba un miedo distinto.

Probé la segunda, la lente de la ingenuidad. Las paredes no tenían esquinas, el semáforo era un guiño amable, cualquiera podía ser amigo. Caminé otra hora y casi mandé mis datos a un formulario dudoso, casi compartí mi ubicación con un desconocido, casi crucé sin mirar porque “ya estaba en verde”. Tampoco era la ciudad pero había «tanta luz» que no se diferenciaban los límites.

Y luego estaba la lente del cuidado. No embellecía ni empeoraba. Ajustaba el foco. Vi una grieta en la pared y llamé para repararla. Vi a la mujer de la frutería cerrar los ojos un segundo de más y pregunté si necesitaba un vaso de agua. Vi un niño empujando a otro, me agaché a su altura y les propuse un juego: cruzar la plaza caminando juntos sin soltar una canica. Perdieron dos veces, ganaron a la tercera. Con esa lente, los problemas no se disfrazaban de monstruos ni de caramelos. Eran problemas con posibles soluciones.

Esa misma tarde, subí a la azotea con la caja. El cielo estaba cubierto y la ciudad parecía apagada. Me puse la lente del cuidado y, por primera vez, noté algo que antes no veía: mi propia voz criticando todo, como si fuera juez y espectador al mismo tiempo.
¿Desde cuándo le había dado tanto poder a esa voz que sólo sabía dramatizar o edulcorar?
Me la quité y respiré. Comenzaba a entender.
Una lente fabricaba callejones sin salida, otra ilusiones y la tercera, caminos.

Bajé las escaleras con la caja bajo el brazo. En el buzón aguardaba esa carta desde hacía semanas. Ahora, con una mirada diferente, la abrí. Habían acciones, pensamientos, opiniones. Subrayé lo que dependía de mí. Hice una lista corta y «fácil», y una «difícil».
Al acabar, la ciudad seguía siendo la misma. Yo, no.
La forma en la que eliges ver el mundo crea el mundo que ves.
Elige una mirada que te vuelva brújula, no prisionero. Y sostenla mañana, cuando te duelan las ganas.

La frase «el mundo no cabía en la mirada» proviene de la letra del tango «Cuesta Abajo» de Carlos Gardel.

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Sobre el miedo al colegio, a partir de 3 años, y sobre el miedo a la muerte, a partir de 8 años.

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