En 1992, Smajlović tocó el Adagio de Albinoni
con su violonchelo varias veces durante el día, en la Biblioteca de Sarajevo (Vijećnica)
y otros edificios destruidos, para brindar homenaje a las 22 personas que fueron asesinadas
mientras hacían fila para recibir pan en mayo de ese mismo año.

Hay gestos que hablan por sí solos.
Vedran Smailovic tocando el violonchelo en el mismo lugar donde murieron
22 personas no es sólo una imagen poderosa. Es un acto de resistencia.
Podía haberse quedado en casa y mirar hacia otro lado.
Pero eligió estar allí, con su violonchelo, con un “no” silencioso al horror y
como recordatorio a cada una de las víctimas.
Él respondió con música. Otros lo harán con palabras, acompañando o con pequeños actos de justicia.
Todos ellos, a su manera, se niegan a que el mal tenga la última palabra y a que las víctimas sean olvidadas.
Y de eso seguramente va también la esperanza.
No de explicar el horror, sino de seguir diciendo, con la vida y con los gestos, que cada nombre importa y que,
mientras alguien los recuerde, los escombros no son el final de cada historia.
Porque hay quien se empeña en que lo ocurrido no se pierda en
el olvido, con su música, sus palabras o su memoria.
Verdaderas «Constelaciones de sentido».
«Conozco a algún poeta alemán que escribió versos junto a los escombros de la catedral de Münster
durante la Segunda Guerra Mundial. Y me contaba que nadie le echó en cara que no retirara escombros.
Y es que siempre son necesarias las dos cosas: retirar escombros y crear nuevas constelaciones de sentido».
Manuel Fraijó.
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